domingo, 30 de noviembre de 2014

Confesiones

Era el momento crucial, ya estaban todas las cartas sobre la mesa, solo quedaba confesar la verdad para salvar la libertad de mí amigo y defendido. Miré a mí alrededor, todo el mundo me observaba, la familia de mi amigo y la mía, casi todos los amigos y conocidos del pueblo. La gente sabe que él es buena persona, sería incapaz de hacer algo así, de asesinar a alguien. “Quisiera aprovechar este momento para aportar un último dato”. Mire fijamente a mi amigo, y luego a mi mujer con cara de arrepentimiento. “Estuvo conmigo en un hotel aquel día, tengo aquí el recibo”. Nuestras mujeres se miraron extrañadas. “Además dormimos juntos, es imposible que él lo hiciera”. Al oír esto un murmullo inundó la sala, y nuestras respectivas mujeres, cogieron a los niños y salieron entre sollozos. Los vecinos, algunos de ellos con la boca abierta y otros riéndose mientras nos señalaban, no daban crédito. El juez llamo a orden, y se fue a su oficina con el resguardo de la habitación de matrimonio. Mi amigo alucinaba más todavía, no entendía nada, pero estuvo callado, asintió todo lo que dije y agacho la cabeza. Inocente, así quedo tras mi confesión de infidelidad homosexual. Ahora quedaba hablar con las señoras y contarles que tengo un amigo recepcionista en un hotel y que era una treta. Lo que no le diré a mi mujer es que el recibo era auténtico.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Bolras Cap.1º

Íbamos al galope, lo más rápido que podían los caballos. Huíamos de una avanzadilla de soldados, que se empeñaron en confiscar nuestra comida, agua y monturas en nombre del rey. Estábamos acampados, cazando algunas piezas para alimentar a nuestro pueblo, el problemas es que todos los animales y personas que viven en esta región pertenecen al rey. Eso nos convertía en delincuentes, le estábamos robando, y los soldados quisieron cobrar la afrenta en su nombre. Hubiera sido mejor pagarles allí mismo y olvidarnos, pero querían todo, incluso nuestras pertenencias. Si nos llevaran ante el rey nos cortaría la mano, o algo peor. Preferíamos la muerte, por eso para escapar sesgamos el cuello de uno de ellos, y el pie derecho de otro, subimos rápido en las monturas y salimos al galope. Corrimos en dirección contraria a nuestro poblado, para evitar represalias y sin las piezas que tanto nos costó conseguir, las tuvimos que dejar allí, junto al otro cadáver y al que lo sería. Menos mal que no había ningún arquero, si no nos cogían no podrían hacernos nada, además nuestros caballos estaban más acostumbrados a los pedregales y senderos de montaña. * Cuando vieron que sus monturas no daban para más, dieron la vuelta a paso lento hacia donde quedaron los cuerpos de los animales y sus compañeros. Nos detuvimos, pero no bajamos de los caballos, no nos fiamos nunca de los soldados, y empezamos a pensar que hacer. Eso no podía quedar así, seguramente que nos perseguirán sin descanso días, semanas o meses, incluso años. También cabía la posibilidad de que descubrieran nuestra procedencia y el poblado entero pagaría nuestra culpa. Dos soldados muertos, bueno uno y otro muy mal herido y además robando al rey. Decidimos dar la vuelta y reclamar lo nuestro. Y si era necesario matar a todos lo haríamos, solo éramos tres, pero más valientes y teníamos arcos, eso nos hacía poderosos en el sigilo. Nunca pensarán que volveremos a por nuestras piezas y nuestro carro, y menos aún que les daríamos caza a ellos. Ya nos daba igual, lo importante era alimentar a nuestro poblado, nuestras mujeres e hijos, y a nuestros mayores que siempre nos procuraron alimento y protección, ahora nos tocaba a nosotros. Les empezamos a seguir, controlando siempre su situación y aprovechando el superior conocimiento del terreno que teníamos. La persecución fue larga y el lento regreso hizo que casi entrara la noche antes de llegar a donde empezó todo. Tras la vegetación nos ocultamos y observamos. Uno de ellos desplumaba un pavo silvestre de los que cazamos, pensamos que así tendríamos la cena hecha. Dos soldados cavaban sendas tumbas, y otros dos recogían el cuerpo del degollado. El jefe de la cuadrilla estaba sentado observando a otro de los soldados como hacia un fuego. El que perdió el pie yacía con un torniquete sobre el tobillo, la cara pálida e inexpresiva y los ojos abiertos como platos. Tenía los brazos entrelazados, lo último que sintió fue frío. Era el momento, todos distraídos sin imaginar que les acechábamos. La primera flecha atravesó la cabeza del jefe por el ojo izquierdo, cayo hacia atrás ya muerto. Las otras dos fueron para los cocineros, uno por la boca y otro en el cuello, estos quedaron en el suelo agonizando, uno ahogado en su propia sangre y el otro se retorcía entre convulsiones. Bolras salió espada en mano contra los de las tumbas, Jolu y yo arremetimos contra los otros dos, los cuales cayeron casi al instante estoqueados en el pecho, estaban desarmados. El problema lo tuvo Bolras, después de seccionar la nuca de uno de ellos, el otro se dio la vuelta rápidamente y le golpeó con la pala en la cabeza cayendo al suelo y dejándolo inconsciente. Jolu sacó su daga y la lanzó contra el soldado acertando en el hombro, lo que no le detuvo para golpear de nuevo, ahora en el suelo, la cabeza de Bolras, esparciendo todo tipo de fluidos que le salían por nariz y boca. Me lancé sobre él cargando todo mi peso, cayó de espaldas, la daga terminó de atravesar el hombro y con ello mi mano izquierda, Jolu agarró con fuerza su espada y le decapitó, luego partió por la mitad la cabeza inerte del soldado, viendo a su amigo muerto. Bolras murió por un despiste, ataco a quien no estaba armado, si hubiera atacado primero al que tenía la pala no le tendríamos que enterrar también. Yo me levanté con la mano ensangrentada y un dolor horrible, cogí mi espada y la clave entre los ojos del cocinero que aún convulsionaba, un poco de humanidad en esta sangría no estaba de más. Primero enterramos a Bolras, le dimos honores, como merecía, una breve oración por su alma, y amontonamos los cuerpos de los soldados en otra tumba diferente. La piezas cobradas durante la cacería seguían sobre el carro, menos el pavo que ya desplumado y lleno de diferentes sangres y otras secreciones, fue enterrado junto a los soldados. Pensé que era su última cena y sonreí. Debíamos darnos prisa en ir al poblado, no creo que tardaran mucho en echar de menos a los soldados. Calculamos que entre cuatro y cinco días para que empezaran a buscarlos. Recogimos todas las armas y armaduras, que ya despojamos de los cuerpos y las echamos en el carro. Las monturas también, todo los que nos fuera de utilidad y no dejar ninguna pista de lo ocurrido. Emprendimos el lento camino de vuelta con nueve caballos más y sin nuestro amigo Bolras. Al llegar al poblado en el centro del territorio hablamos con el consejo. Esto no traería nada bueno para la región, y la mayor parte de las sospechas recaerían en los poblados más cercanos a la última zona donde fueron vistos. En vez de apoyarnos nos sugirieron que nos fuéramos lejos, que traeríamos la desgracia al poblado por lo que hicimos. Intentamos razonar con ellos, buscar una solución. Pero finalmente nos mandaron al exilio. Cuanto más hablábamos, más fuertes eran sus miedos. Recogimos a nuestras familias, tanto Jolu como yo y la familia de Bolras que nos siguió. También vinieron Tony, Korde, Sefy y sus respectivas familias, mucho compartido para no seguir haciéndolo. Y los amigos y familia de Jolu. En total diez familias: tres ancianos, doce hombres, once mujeres, cuatro adolescentes y siete niños. Formábamos una caravana para fundar en el exilio, por querer sobrevivir. Emprendimos camino a la montaña, a unos hermosos llanos justo en la ladera, muy cerca de la protección de los recovecos y cuevas que conocemos de nuestros días de cacería. Nos despedimos de quien no nos odiaba, y nos fuimos. Ahora empezamos nuestra propia historia.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Carroñeros

Qué vida más triste, esperando que alguien muera para tener que llevarme algo a la boca, para poder alimentar a mi familia. Enfundado en mi traje negro de asustar. La gente nos ve tenebrosos y nos relaciona, y lo entiendo, con la muerte. Siempre hubo un halo de misterio alrededor nuestra. Mucha literatura y mucha imaginación colectiva que nos ha convertido, según ellos, en unos carroñeros. Yo no hago más que buscarme la vida, como ellos hacen para alimentar a sus familias, acudiendo a sus puestos de trabajo cada día. Pero no nos entienden, no entienden nuestra necesidad, no entienden que tengamos que sacar nuestro sustento de la muerte de los demás. No entienden tampoco que estemos todo el día de arriba a abajo buscando la siguiente defunción. Hay mucha competencia, eso tampoco lo entienden. A veces nos lanzan cosas, incluso a alguno de los nuestros le han disparado. No entiendo la sin razón humana igual que ellos no entienden mis graznidos. (Para José Antonio Guerra)

Un liquido

Aquel liquido asqueroso, amargo y amarillento. La primera vez que lo probé, siendo un niño, me pareció tan repugnante que juré que nunca más lo probaría. Lo curioso es que no recuerdo cual fue la siguiente, pero al final me acabó gustando. Nadie me obligó, solo que con el tiempo, el sabor dulce de los refrescos me acabo empalagando. Mi paladar y yo cambiamos. Cambiamos porque las personas, según crecen y se relacionan, cambian sus hábitos y gustos. Todas las cosas tienen su momento. Pasé por todas ellas, por todas las que pasa cualquier adolescente, no quiero dar detalles. Pasé también por beber diferentes licores, con variedad de gustos y graduaciones, pero siempre estaba ese líquido amarillento y amargo, y ahora a mis cuarenta, sigue estando. Mientras hago la comida, cuando llego a casa del trabajo y sobre todo cuando quedo con mis amigos, siempre esta. Es por eso que no sé qué me pasara mañana, ni que será de mi vida, pero a no ser que un señ@r con bata me diga que lo deje, siempre me tomaré unas cervezas, fresquitas, amargas y amarillentas. (Dedicado a Riky. Un saludo muy fuerte a la familia.)

miércoles, 26 de noviembre de 2014

El orgullo de Bolras.

Que calor hace aquí. Llevábamos dos semanas destacados en el sur de la región. Junto a la desembocadura del gran rio Goday en el mar. La razón de que estemos tan lejos es proteger la frontera de nuestros “amigos”. Hace un tiempo, mi señor, el Duque de Bolras, discutió fervientemente con el Rey. Este empezó a exigirle también a los nobles algunos impuestos y mi señor se negó. En ese momento el Rey se enfadó, pero no hubo conflicto, ya que el Duque le tenía cedida su guardia personal, los mejores hombres de Bolras. Tuvo que hacerlo porque la capital se encuentra muy al norte, casi en la frontera. Las relaciones con nuestro vecino eran buenas, pero el hecho de que estuvieran en conflicto con un antiguo aliado, hizo que el Rey quisiera tomar precauciones y concentrara gran parte de su ejército en la zona e indicara a los nobles que enviaran sus mejores hombres para reforzar su guardia personal. Eso apaciguó las aguas un tiempo, pero al terminar el conflicto en el norte, y normalizarse las cosas, el Rey reunió a toda la nobleza. En aquella reunión se debatió de nuevo el tema de los impuestos, casi todos los nobles accedieron, pero mi señor no estuvo de acuerdo y el Rey ya sabiéndose a salvo monto en cólera y ordeno al Duque y a su Guardia que se marcharan inmediatamente. Les advirtió que si no le daban un diezmo a sus emisarios mandaría al ejército. La amenaza era seria, y mi señor lo sabía, pero no estaba dispuesto a entregar ese diezmo en una de las peores cosechas del año. No iba a permitir que su pueblo pasara hambre para que el Rey fuera más rico y sus vasallos se alimentaran bien. El ducado de Bolras ha sido gobernado por su familia desde que los hombres recuerdan, y el pueblo es leal porque nadie paso penurias nunca allí y bajo su gobierno no sería la primera. Siempre fueron justos y rectos, ganándose el respeto de todos sus súbditos. Ahora tendría que reflexionar al respecto. Pasada una semana llego el emisario con diez soldados y un carro. Venia dispuésto a volver con los impuestos. Fred, nuestro señor, se reunió con él. A los pocos minutos, el emisario salió trastabillado y acabo por caer al suelo, Tras el salió Fred, enfurecido, con la cara desencajada, “No puedo permitir tanta arrogancia y menos de un simple emisario, vuelve con el Rey y dile que si quiere su diezmo que mande a alguien con compostura, o que venga él”. El emisario recogió su libro y salió del edificio en silencio pero aprisa. Hizo un gesto a los soldados y sin apenas reponer fuerzas salieron del castillo de vuelta a la capital. El Duque reunió a sus oficiales sin demora. Después de una breve arenga, los oficiales de rango bajo salimos de la sala, y quedaron Fred, sus consejeros y los generales. Los demás estuvimos esperando órdenes. Pasadas un par de horas, citó de nuevo a los oficiales, esta vez al alba y solo con los generales. Mañana sabremos qué suerte nos depara. Me levante un poco cansado, casi no dormí. Llegamos a la sala del consejo, otra vez. A todos nos asignaron batallón y destino. El Señor no se fiaba del Rey y quiso distribuir sus tropas por el territorio. El rio Goday bordeaba la frontera oeste y parte de la norte, el resto daba al mar y a una cordillera. La zona de costa estaba ya protegida por las fortalezas remozadas y reforzadas, ante una anterior amenaza. Y en las montañas tan solo dos pasos escarpados, por los que un ejército que fuera capaz de tomar el castillo tardaría meses y podría ser fácilmente detenido. El problema estaba en los puentes que daban paso al condado de Marrion y que cruzaban el gran rio. Su gobernante era primo del Rey y un leal servidor, era una amenaza importante. Tres eran los puentes, me destinaron al más al sur, junto al mar. También teníamos la misión de reclutar en los poblados desde el primer puente hasta la costa. Formé a mis hombres al salir de la reunión y les informe de la misión. Les ordené que pasaran la tarde con su familia, porque el tiempo de la misión era indefinido e igual tardaríamos mucho en volver. Les mentí, bueno no del todo, pero no les dije que una posible guerra se avecinaba y que igual algunos de nosotros no volveríamos nunca. Y aquí nos hayamos, junto al mar. Mis doscientos jinetes, veinticinco reclutas, la cuadrilla de intendencia con sus carros y yo. Por el puente solo pasan campesinos y apenas vimos movimiento de tropas al otro lado. Los días pasaban haciendo rondas de guardia, patrullas por la vereda del rio y formando a los reclutas. A veces visitábamos las cantinas del poblado cercano. Estábamos convencidos de que era una medida preventiva, y pensábamos que lo más seguro es que no pasara nada, que hablarían entre ellos y no se derramaría sangre. En el fondo creíamos que solo era cuestión de tiempo que nos mandaran de regreso a casa. Una estela de polvo se veía en el horizonte, alguien venía a gran velocidad por la llanura. Según se acercaba distinguimos el estandarte de quinto batallón, eran los compañeros apostados en el segundo puente, el más cercano a nosotros. Esperamos pacientemente su llegada. Entro en el campamento sin bajar el ritmo, saltó del caballo al llegar a mi posición. “!Señór estamos siendo atacados, necesitamos ayuda inmediata!”, estaba jadeando y tenía cara de estar muy asustado. “Son más de diez a uno debemos partir cuanto antes”. Ordené a mis soldados que se prepararan para la batalla, todos incluidos los reclutas e intendentes. Si el paso intermedio era ocupado, no servía de nada que estuviéramos aquí. Calcule, sabiendo que en el paso intermedio eran cerca de seiscientos hombres entre caballería e infantería, que nos enfrentábamos a unos seismil. Antes de salir uno de mis hombres me indico que mirara al rio, la visión fue descorazonadora, bajaban cuerpos flotando, junto a restos de la batalla. Se me encogió el estómago, ahora si me lo creía y toda la teoría ahora la pondríamos en práctica. Algunos de los míos habían luchado ya contra bandidos y maleantes, pero la gran mayoría nunca. Unos por su juventud y otros porque no se dio el caso. Todos hicieron prácticas con compañeros, pero eso no me tranquilizaba. En la dantesca imagen del rio me acompañaba uno de mis ayudantes y hombre de confianza. Me advirtió. “Es mejor que los muchachos no vean esto, les haré formar tras la loma”. Ya formados y listos, les dirigí unas palabras de ánimo y partimos. Las columnas de humo nos indicaban la ubicación de la batalla, era justo en uno de los poblados que había junto al rio y donde reclutamos a diez de los chicos que nos acompañaban. No podíamos ir más deprisa, los carros de la intendencia nos ralentizaban, pero dejarlos atrás sería dejarlos a su suerte, y eran mi responsabilidad y nuestro sustento. Según nos acercábamos empezamos a sentir olor a quemado, a diferentes cosas quemadas y al subir una pendiente hacia el llano lo empezamos a ver. Nuestros compañeros yacían en el suelo junto a los enemigos y algunos campesinos que intentaron seguramente defender a sus familias y sus casas. Las mujeres lloraban a sus muertos mientras los cargaban en carros, y los alejaban del poblado a una gran pila ardiente. No había tiempo para el dolor. Los compañeros oriundos de allí salieron de la formación buscando a sus familiares. Solo ellas sobrevivieron. Al ver venir al enemigo, era costumbre mandarlas a lugares secretos, y protegerlas, sin ellas no habría futuro. Solo viendo su reacción tras la batalla, apagando fuegos, deshaciéndose de los cadáveres para evitar infecciones, manteniendo a los niños en el escondite para que no presenciaran tanta destrucción y socorriendo a los heridos, me hacía sentir orgulloso de ellas. Pero ya no tenían tiempo para llorar y lamentarse, había cosas más importantes que hacer, incluso algunas limpiaban y amontonaban las armas y armaduras que se podían utilizar otra vez. Ordené a los diez chicos que se quedaran allí con ellas y las ayudaran a cuidar de los heridos, a proteger lo poco que les quedaba en su poblado y reconstruirlo. También ordené al oficial intendente que dejara parte de nuestros víveres, y de agua potable. Partimos siguiendo el rastro que dejaban los enemigos. Pensé en la inevitable batalla, y en si llegaríamos a alcanzarles antes de que llegaran al castillo. Pero me acorde que en el camino había otro poblado, y me entro angustia. Quinientos de mis compañeros entre infantería y caballería. Y los habitantes, niños, mujeres y hombres como los que vi yacer, hombres que no usan las espadas, las hacen, que no destruyen casas, las crean o que cultivan los campos no que los queman, los quince chicos que sacamos de allí, y Recordé también la tenacidad de esas mujeres, que pese a la perdida de sus maridos e hijos, le daban prioridad a la vida que aun continua, sin parar de luchar. Pedí a mis hombres que aceleraran el ritmo. Iba de arriba a abajo de la formación lanzando palabras de aliento e invocando divinidades. Cuando sugerí dejar atrás los carros de intendencia, mis oficiales se acercaron para tranquilizarme. Me hicieron entender que los necesitábamos con nosotros y que por mucho que corriéramos no llegaríamos a tiempo, y cansaríamos a las monturas. Reflexione, y aunque no podía dejar de pensar en esa pobre gente y en mis compañeros, tenía que ser inteligente y utilizar las ventajas que teníamos. Ellos no sabían que estábamos tras su paso, y éramos más ligeros. Antes de que lleguen al castillo les cogeremos. Otra columna de humo, antes de subir a la explanada donde se encontraba el siguiente poblado, mande cargar a la tropa. Al llegar allí la misma escena, otra vez los cuerpos mutilados y mezclados entre sangre y cenizas, pero sin las mujeres. Ordené a mis hombres que pagaran los fuegos, y que buscaran supervivientes. Mande una patrulla a inspeccionar la zona, no quería sorpresas. En ese momento empezaron a salir, seguramente pensaron que éramos partidarios del rey, y fueron precavidas. Me fijé en una, la que les decía que tenían que hacer, la que levantaba a las desconsoladas, y la primera que entre llantos subía a su hijo al carro. Me acerque a ella y la anime a que dirigiera el poblado, “Nosotros nos hemos de marchar, siento no haber llegado antes”, “Gracias, pero aunque hubierais llegado son muchos más, habría sido inútil”. Ordene a los quince chicos que se quedaran para ayudar y a mi intendente que dejara víveres y agua. Seguimos nuestro camino. Lo siguiente era el castillo, mande tres exploradores para conocer la posición del enemigo y trazar una estrategia. Esperaba ese dato para reunirme con mis oficiales. Sabíamos que gracias a las vidas perdidas estaban diezmados. La noche se echaba encima nuéstra, y los exploradores aun no regresaron. Montamos el campamento antes de que la oscuridad no nos dejara ver, y limite los fuegos que se harían, para cocinar y poco más. No quería que nos localizaran. Justo cuando apagamos los últimos fuegos, y repartimos las guardias, llegaron los exploradores. Me indicaron que el ejército del rey se encontraba acampado muy cerca del castillo y que por el norte entraron algunos enemigos más. Están tras el Monte, junto al bosque. Me reuní con mis oficiales y trazamos la estrategia, siempre penando que éramos invisibles. “Señores, con vosotros he vivido, y con vosotros moriré”. Juntamos las manos y nos conjuramos a que mañana seria nuestra primera o nuestra última batalla. El sol no había salido y ya estábamos en camino. Se quedaron los carros, haríamos menos ruido. Aun así íbamos despacio, sin levantar polvo, ni hacer ruido. Tomamos el camino por la vereda del rio arropados por el bosque. Y poco después nos adentramos en él. Bajamos de los caballos y esperamos pacientemente a que la batalla comenzara. El enemigo ya estaba organizándose en la explanada y la primera línea de defensa de Fred también. Uno de mis hombres hablaba con su caballo, le decía que fuera el más veloz, que él le protegería y que saldrían de esta, y le abrazaba con fuerza . Otros rezaban mirando el cielo, recordando a sus mujeres e hijos, mientras escuchaban los gritos de dolor y los sonidos metálicos de las espadas en el campo de batalla. Otros revisaban una y otra vez su equipo. Sabían que hoy matarían y morirían. Me reuní de nuevo con mis oficiales. Teníamos que aprovechar que éramos invisibles hasta el momento. Ni el duque sabía que aún vivíamos y menos que entraríamos en batalla. Decidimos esperar a que estuviera avanzada, y parecer por detrás y por sorpresa. Expliqué la estrategia a mis hombres y les pedí paciencia. Les recordé los horrores que había causado el Rey y su ejército, y el gesto les cambio. La rabia en ellos ahora era todo lo que tenían hasta que terminara la batalla. Y en vez de asustados estaban impacientes. Los sonidos de horror eran nuestro aliento, estábamos preparados. Pasada una hora, las tropas del rey tenían varios tramos del foso tapados con tableros para formar puentes, los arietes se acercaban peligrosamente a la puerta principal. Toda su infantería estaba esperándolos, cubriéndose con los escudos de la lluvia continua de flechas. Era el momento. La caballería enemiga estaba muy disminuida y esperaba también la acción de los arietes. Hice una señal para ocupar las monturas, y volví a arengar a mis hombres. Dimos la vuelta al bosque por la vereda del rio, esta vez al galope, y les embestimos por la espalda. No estaban preparados, aún se recuperaban de los primeros ataques. Algunos de ellos no tenían ni las armaduras puestas, y la mayoría se habían bajado de sus monturas o soltado sus armas en el suelo. Vi al Conde que subía apresuradamente a su caballo, lo hice objetivo, otra vez vi los poblados destruidos y sus habitantes muertos y quise matar, pero antes de que le alcanzara fue atravesado por la lanza de uno de mis jinetes, igualmente le estoqueé. Cayeron enseguida, y sin apenas bajas. Pero no nos detuvimos, enfilamos la pendiente y cargamos contra la infantería. Al vernos llegar muchos se dieron la vuelta con sus escudos quedando a merced de las flechas, eso hizo que la cobertura de los arietes fuera mínima y también cayeron. Lanza en ristre nos echamos encima. El Duque al ver nuestro avance detuvo a los arqueros, ordenó abrir las puertas e hizo cargar a su infantería. Los enemigos viéndose acorralados y sin líder, ya no luchaban, intentaban salvar la vida corriendo sin orden ni dirección y eso les costó. No tuvimos piedad recordando todos esos hombres inocentes muertos, y el dolor y sufrimiento de sus mujeres e hijos. Murieron por nuestras espadas y lanzas, pisoteados por nuestros caballos y acuchillados por nuestros compañeros. El Duque ordenó a su guardia personal que diera caza a los que querían escapar. Lo mismo dije a mis jinetes. No dejamos a casi ninguno. No había remordimiento. El responsable de todas estas muertes es el Rey. Esto me dejo claro que las cosas en el reino cambiarían. Ya hace tiempo que el Rey y el Duque mostraban diferencias, y se oía hablar que por la cabeza Fred, pasaba la escisión como solución a los problemas. Este era el momento de independizarse. Debía reunirse con sus generales y consejeros otra vez. Yo y mis hombres, fuimos a descansar a la cantina. A celebrar nuestra victoria y sobre todo a enorgullecernos de nuestra hazaña. Fuimos pieza importante para la derrotar a las fuerzas del Rey. Bebíamos mis oficiales y yo en una mesa apartada, rememorando cada detalle de la batalla y la valentía y arrojo de nuestros hombres. Empezamos a divagar sobre la decisión que tomarían en el consejo. Seguro que refuerzan las fronteras y volveremos a ser independientes, o quizás preparen una invasión. Eso era menos probable. El Rey habría dejado gran parte de su ejército para cubrirse, de hecho el que derrotamos era en su mayoría el del conde, y no creo que estemos ahora mismo en condiciones de hacerlo. Tampoco en condado, demasiado territorio para defender. Pasado un tiempo entraron dos guardias del Duque, y me nombraron. Se acercaron a la mesa. “Mi capitán, requieren su presencia en la sala del consejo.” No me sorprendió. Les dije a mis oficiales que vinieran conmigo. Al llegar a la sala, Fred no pregunto porque entraron también, solo me miró y sonrió. Giro lentamente la cabeza, mirando a los ojos a cada miembro del consejo y a sus generales mientras me señalaba con la mano. “Aquí esta nuestro nuevo comandante y sus tres capitanes”. No sabía que hacer ni que decir en ese momento, oí unas leves carcajadas y unos susurros de mis compañeros. “Hoy fuiste nuestra luz, cuando Bolras perdía la fé, apareciste de la nada y nos diste la victoria. Este pueblo te debe un obsequio. Dime que deseas”. “Mi señor, me gustaría hablar primero con mis compañeros”. Asintió. Yo ya sabía lo que quería, lo supe estos días. Pero quería contar con ellos, sin ellos y sus consejos, no lo podría haber hecho. Poco nos costó decidir, parece que todos pensábamos lo mismo. “Disculpe mi osadía, pero después de lo ocurrido, supongo que no habrá más relaciones con el reino”. “No es una osadía, es un hecho. No podemos seguir formando parte del reino, no después de esto”. “Entonces nos gustaría volver a la desembocadura de Goday y ayudar a defender los puentes”. “Gracias en nombre de Bolras, marchad. Mañana tendreis la respuesta”. Nos despedimos con una reverencia y nos marchamos de la sala. Después de lo que nos dijo seguro que nos lo concedía. Ya nos veíamos junto al mar, rodeados de gente que lucha por la vida y no para matar. Defendiéndolos con nuestra vida y con convencimiento de los peligros que les acecharan. Seriamos felices. Volvimos a la cantina, y nos sentamos de nuevo. La conversación ya no era la misma. En vez de hablar de muerte, hablábamos de vida. En tan solo una hora, los guerreros astutos, y grandes estrategas, parecían padres de familia, de cualquier gremio, pensando en placenteras vidas frente al mar con su familia. Nosotros nacimos aquí, en la capital. Pero algo en estos días se nos gravo para siempre. Queríamos volver para ayudarlas a levantar sus vidas de nuevo. Aquellos chicos de los cuales en las formaciones nos reíamos y pensábamos que nunca serian soldados, ahora luchaban más que nosotros, pero en otra guerra. Estuvimos hasta las tantas bebiendo y soñando con el futuro. No escatimábamos en aportar esfuerzos, queríamos volver. A la mañana siguiente, a pesar de la borrachera, todos nos levantamos temprano. Esperábamos con impaciencia la decisión de nuestro “Rey” Fred. Fuimos a desayunar a la cantina. Y mientras lo hacíamos vinieron dos guardias del rey. “Mi comandante, debe estar antes de la comida en el jardín del palacete”. ¿Qué significaba eso? No lo sabíamos, pero era buena señal. No era la sala del consejo, era su casa. Ya sabíamos que nos lo concedían. Yo no tenía familia, pero mis compañeros sí. Se apresuraron en ir a sus casas y empezar a empaquetar todo. Dando la buena noticia a sus mujeres e hijos. Yo fui a casa también, y recogí mis cosas. Si nos lo dan lo desempaco y listo. Echare de menos mi casa pero tengo que marchar. Nos citamos en la plaza principal, justo delante del palacete. Íbamos con nuestras mejores vestimentas, afeitados y con el pelo cortado. Subimos la escalinata hacia la estrada. Una gran estatua de Belroes, ancestro de Fred, presidia la explanada del porche principal. Atravesamos la enorme puerta de madera noble, los saludos de los guardas, y nos dirigimos al jardín central. Allí estaba Fred, con su esposa y sus dos hijos, futuro de Bolras, el consejo al completo, y los generales. “Ven acércate”. Fui y me situé frente a él. “Hemos pensado en tu petición. Y frente a todo en lo que confío, te nombro general de Goday, te encargaras de dirigir la defensa de los tres puentes y su franja”. Ahora sí que no me lo creía. Es mucho más de lo que pensaba. Entendí que también me ponían a prueba. Que dejaban bajo mi responsabilidad toda la primera línea con el enemigo. Aun así acepte. Durante la cena posterior, estudie cuales eran mis responsabilidades, deberes y derechos como general, y nombre a mis tres amigos comandantes de puente. Solicite al Rey materiales de construcción y algunos albañiles, los ciento cuarenta Y siete jinetes que quedaban de mi batallón gran cantidad de víveres para las poblaciones devastadas y seis brigadas de infantería y arqueros. El Rey acepto, y prepare la marcha. Dos semanas tardamos en prepararlo todo. Salió la caravana al amanecer. En la entrada del castillo no había casi restos de la batalla. Solo unos cuantos albañiles y carpinteros, terminando de arreglar las defensas, una pila de huesos aún humeante y algunos restos de las torres de asedio, balistas y arietes, ya recogidos y apilados. Viajábamos con ilusión, pero sabiendo que la misión sería difícil. El camino se hizo largo por la impaciencia de llegar, y porque invertiríamos casi el doble de tiempo. Dos días nos costó avistar el primer poblado, junto al puente. A lo lejos se veían los campos de cultivo llenos de colores, las casas con marcas negras del dolor vivido, estaban de pie. Unos niños jugaban con espadas de madera a las afueras del poblado. Las mujeres trabajaban la tierra, ordeñaban, y alimentaban al ganado. Al entrar, vi a la mujer del herrero, arreglando las espadas, a la del carpintero poniendo una puerta y a los chicos, a los que tan solo dimos unas semanas de instrucción, enseñando a los pequeños a manejar espada y escudo. Todo funcionaba, sin patriarcas ni apellidos. Hable con la mujer, con la que me conmovió, y le explique de la importancia de que alguien organizara y fuera cabeza visible, y que ella era la más adecuada. No acepto sin la aprobación de las demás, todas estuvieron de acuerdo, aunque a los hombres que quedaron vivos, les tuve que convencer. Y advertí a todos que lo iba a supervisar, y que no toleraría injusticia ni discriminación. Empecé a organizar las defensas. Ordene a dos de mis comandantes que con dos tercios de mis tropas se adelantaran y reforzaran los otros dos puentes. Puse a los albañiles a trabajar en un fuerte. Lo situé sobre la entrada del puente, todo el que entrara y saliera de allí tendría que pasar por dentro de ella. Tardamos mucho menos gracias a la ayuda de las mujeres, hacían los ladrillos con el barro del rio. Talaban árboles y los convertían en vigas. No se cansaban nunca, y nunca ví tal tenacidad. Sabían que si el fuerte se levantaba, sus hijos estarían más seguros. Las que no ayudaban en las labores del fuerte se encargaban del resto. Incluso de cuidar de los hijos de todas. Parece que no necesitaban ordenanza, ya lo sabían. Pensé que en nuestro mundo de hombres, esto no sería posible sin alguien al mando. Terminado el fuerte, mande a la avanzadilla mandada por el Rey tras la batalla de vuelta a casa. Agradecí la ayuda y les despedí con honores. También hable con todos los pobladores niños incluidos, y les jure que no les dejaría a su suerte nunca. Que yo, y hasta el último de mis hombres darían la vida por ellos. Cogí diez de mis mejores hombres, los albañiles y nos fuimos. En todos los poblados vi lo mismo, mujeres que cuando parece que todo desaparece, que nada se puede hacer, asumen todo el dolor y todo el trabajo. Que consiguen perpetuar las costumbres, y sustentarse manteniendo las enseñanzas buscadas, no adquiridas, no se las enseñaron, observaron y las aprendieron. A la mujer del herrero le faltaba un dedo. Me contaron que estaba día y noche hasta conseguir una daga medio recta. Y que ahora un dedo menos y un par de cicatrices mas es una Herrera. La del carpintero ayudó a su marido toda la vida y sabía hacer, y tanto a su hijo como a su hija enseñaba como aprendices. Las mujeres del campo no las cuento, esas nacen en el campo. Con muy corta edad ya ordeñan su desayuno y muelen el trigo de su pan. Así todas asumían su papel, de forma natural. Habiendo construido tantos fuertes como puentes, aun hubo reyertas. No eran importantes, se centraron el atacar por la costa y el Rey Fred ya lo había previsto, ya que hizo taponar los dos pasos de montaña que entraban por el norte. Tenía ya reforzada la costa y todo solía quedar en casi nada. La tranquilidad duró unos meses. De nuevo más reyertas. Se fueron intensificando, ya eran casi cada día. Los niños aprendían a manejar el arco y cubrían turnos de guardia en los fuertes. Pero todo seguía fluyendo en el interior. Todo funcionaba como un reloj. No había soldado sin su rancho, ni niño sin su escuela, ni oveja sin su pasto y los soldados lucían siempre sus armaduras y vestiduras impecables. Siempre creí en ellas, desde el momento que las vi morir de dolor para dar vida. Es difícil olvidar lo vivido. Con el paso del tiempo, las relaciones con los vecinos se normalizaron. Sobre todo por el comercio y las pobre familias mezcladas sin pedirlo en la sinrazón de los hombres. La zona de la franja del rio Goday fue la más prospera. La economía y la cultura se convirtieron en la base de su gobierno, y las mujeres de la franja de Goday y todas aquellas que estando a la sombra pusieron todo su tiempo y su esfuerzo, en que todo funcionara, esas son, el orgullo de Bolras.

martes, 25 de noviembre de 2014

Ilusiones

Hola de nuevo. Teniendo en cuenta que hoy es el día contra la violencia de género, he decidido aplazar la publicación de “El orgullo de Bolras”. En su lugar colgaré un relato relacionado con el tema. Como siempre os digo, esperando que os guste. Un saludo.; - Lo primero que oigo por la mañana siempre, es la música de la radio despertador. Cada día me despierta una música diferente, de estilo parecido, pero nunca la misma. Tantos años y no recuerdo que hayan repetido ninguna canción. Eso habla muy bien de este programa, por eso me gusta. Apago el despertador y voy al baño. Me echo agua fría en la cara y me dirijo a la cocina a preparar el desayuno, mirando de reojo el reloj. Hoy el tiempo es el justo. Pongo sobre el fuego la cafetera, una cazuela con leche y dos rebanadas de pan en la tostadora. Abro por la mitad dos naranjas para hacer un zumo. Al terminar de hacer el zumo escucho un aviso, es el silbido de la cafetera. Su olor, el que le acompaña, viene salpicado de tostada. “Ya hay que sacarlas”. Mermelada de fresa y mantequilla están ya sobre la mesa. Saco la leche del fuego justo antes de que se salga, y la vierto con cuidado en el vaso. “Está muy caliente”. Dejo un pequeño espacio para un poco de agua fría, solo un poco, para que este a la temperatura perfecta y no pierda sabor. La cafetera hace rato que la apagué, pero aún humea. Solo un poco, para mancharla. Unto con perfección las tostadas, primero la mantequilla bien extendida y luego la mermelada. Con la mermelada no había norma, si era más mejor. Tenía calculado el tiempo para que enfriara un poco el café y la mantequilla se derretiría sobre la tostada entrando en su miga. Justo el tiempo para fregar la cazuela y la cafetera. “¡Se me olvidaba!”. Corrí a la salita donde tengo la tabla y la plancha. Saque corriendo la camisa del armario, casi no me daba tiempo. Eso lo fregaré luego. La planché lo mejor que pude, no quedo muy mal. Zapatos, un traje que este bien. Hoy hay reunión del consejo y la imagen es importante. Una corbata bonita, acorde con el color del pantalón y la chaqueta. Hice la cama y tendí la ropa sobre ella, como si estuviera puesta sobre un maniquí. Mejor que este todo organizado. La ducha ya está encendida, me voy a desayunar. Todas mis mañanas, las de casi toda mi vida, me las paso corriendo y siempre digo que me levantare más temprano, pero nunca se me dio bien programar ese cacharro, no quiero admitirlo y pedir ayuda. Echo sacarina en mi té y escucho un portazo. Otra vez se fue sin darme un beso. Tiene mucha prisa, me levanté tarde. La música del segundo despertador llenaba el ambiente con una hermosa canción de amor. Su letra y melodía combinadas hicieron que una lagrima callera por mi mejilla mientras recogía el baño. Que melancolía invocando los recuerdos de hace pocos años. Cuando hacia las cosas con ilusión y con ganas, para tener mi casa siempre perfecta para los dos, deseando que mi marido regresara del trabajo para estar juntos. Siempre nos gustó el cine. Él llegaba muchas veces con una película y un gran paquete de palomitas que había cogido en el video club. Una cerveza para él y un refresco para mí, sus zapatillas de estar por casa y una manta. Nos echábamos en el sofá, yo sobre su pecho, y veíamos la película casi sin movernos. Tenía la manía de tocarme el pelo, metía los dedos entre ellos y los movía de adelante atrás continuamente, me resultaba relajante. De vez en cuando agachaba su cabeza y me besaba la frente, a veces susurrando un te quiero, y yo le abrazaba con fuerza y suspiraba mientras le decía: “Yo a ti más”. Las tardes siempre las pasábamos juntos. Cuando no veíamos una película, íbamos de paseo o a tomar algo por ahí. Hablábamos de cualquier cosa, y compartíamos aficiones. La verdad que yo compartía las suyas, pero no me importaba mientras le viera feliz, incluso llegaron a gustarme algunas. El cine sobretodo, pero también el futbol y el senderismo. Me acabo gustando ir al campo, a cualquiera de ellos. El de futbol con toda esa gente me producía una sensación extraña, rozando el miedo, pero estaba el. Me agarraba de su brazo hasta llegar a nuestro asiento. Luego aprendí a disfrutar del partido, incluso sabía la alineación del equipo. A él le encantaba poder hablar conmigo de futbol, aunque a veces se acercaba al bar de debajo de casa para debatir sobre las jugadas y los futbolistas con otros hombres. En el otro campo era aún mejor, no solo porque me gusta la naturaleza, también era porque estábamos solos y solo tenía ojos para mí. Cuando terminaba la película recogíamos todo y mientras él se ponía cómodo yo hacia la cena. Cenábamos normalmente viendo la televisión, en la mesita pequeña o sobre unas bandejas. Solíamos ver el telediario y comentábamos las noticias. Otras veces, según lo tarde que se nos hiciera, cambiábamos de canal buscando algo que nos apeteciera. Nos gustaba mucho una serie cómica que en algún momento nos hizo atragantar, reíamos. Luego íbamos a la cama y hacíamos el amor. Me sentía tan bien, era tan feliz y todo tan perfecto, que otra lagrima mojo mi mejilla. Cuando nos levantábamos por la mañana, él iba directo a la ducha y yo preparaba el desayuno para los dos. Cuando había terminado ya venía vestido y listo, se sentaba hermoso, recién duchado y me gustaba verlo disfrutar de lo que yo con tanto amor le preparaba. Luego me lo agradecía, se despedía con un fuerte abrazo y un beso. “Estaba todo buenísimo, no vemos a la tarde, te quiero”. Yo recogía con tranquilidad la cocina, entraba una hora más tarde y me daba tiempo. Trabajaba en una guardería local, solo hasta medio día. Como me gustaba estar con los niños, son increíbles, todo lo que a ti no se te pase por la cabeza, les pasa por la suya. Yo quería también ser madre, pero era pronto y había mucha vida por disfrutar, sin tener que cargar aún con tanta responsabilidad. Siempre paso por mi cabeza, lo deseaba, pero bueno, él no quería y es cosa de dos. No podríamos ver una película tranquilos, ni salir al campo, bueno lo del futbol lo tenía a favor. Cuando en los grandes almacenes nos acercábamos a la sección de deportes, aprovechaba para enseñarle una la camiseta y el pantalón tamaño mini, de su equipo favorito. Yo sé que le gustaba, y que quizás, hubiera tenido un hijo solo para comprarle todo tipo de vestimentas deportivas, y sacarlo orgulloso los domingos al campo, con la camiseta de su futbolista favorito. Pero mejor así, disfrutando de nuestro tiempo y de nosotros. Después del trabajo, al llegar a casa, hacia comida para mí. Él comía fuera, tenía el horario partido y estaba a mucha distancia de casa. Comía tranquilamente y esperaba que me llamara para saber qué haríamos esa tarde. Los fines de semana estábamos todo el tiempo juntos y nos levantamos y acostábamos a la vez. Todo lo que hacíamos era en común. Al terminar de recoger el baño y la cocina, limpio el polvo y pongo una colada. Le gusta que este todo perfecto, y yo, que hace tiempo que dejé de trabajar, me encargo de la casa. No me importa y lo entiendo, pero con el tiempo cada vez mi espacio es más pequeño y el suyo más grande. Con esa y otras excusas ha grabado a fuego en mi mente mi rol en nuestro matrimonio y cuanto más se aleja de mí, más insegura y desvalida me siento. Ahora solo salgo por las mañanas a comprar, y comparto comentarios con otras mujeres como yo, algunas más dependientes todavía. Mujeres que por lo menos tienen a sus hijos para que alguien las quiera, otras aún amadas por sus maridos y otras que parece que todo les fuera bien. No es mi caso, cada vez estoy más sola. Mi familia vive lejos y mi marido lo está más. Llego a mi cárcel disfrazada de hogar, y no siempre me planteo todo esto. Solo sigo siendo la fiel esposa que espera a su marido en casa. Pero ya no con ilusión si no con miedo. Ya no llega con palomitas y unas películas, algunas veces no viene a cenar y otras pocas ni a dormir. Pero ya no le pregunto que hizo o donde estuvo, ya hace tiempo que no. Si lo hago se enfada y algunas veces incluso se le escapa un cachete. Eso me pasa por entrometida. Tengo que confiar, es mi esposo, el que antes veía hermoso y ahora veo terrible. Si la casa esta desordenada, si no le gusta la comida, o si la camisa no está bien planchada. Todo son excusas para cargar contra mí y repetirme hasta asimilarlo, que es lo único que tengo que hacer, que no valgo para otra cosa, que si no fuera por él tendría que volver con mi familia, familia chapada a la antigua que me recriminaría no haber sido una buena esposa. No puedo salir corriendo a cualquier sitio y ser libre. Mi mente no me lo permite. Siempre que lo he pensado ha salido mal, debería no pensarlo pero aún vivo de mis recuerdos y tengo miedo a su reacción. También porque cuando perdí el trabajo él me decía que no hacía falta, que con su sueldo bastaba, que me dedicara a la casa, que procuraría que me sintiera como una reina. Y ahora me veo, si bien con techo y comida, sin animo ni ganas para trabajar, y sin dinero para coger el primer tren. Porque cuando quise sacarme el carnet, el me juro que me llevaría donde necesitara, que el coche y su licencia era de los dos. Porque me juró que todo su tiempo era para mí. Porque me ha hecho tan cobarde que no me atrevo. Lo peor es que creo que aún le quiero. Cuando llega la noche siempre tengo algo de comer preparado, por si viene con hambre. La mayoría de los días viene del bar, o yo que sé de qué lugar. Le veo desde la ventana reír con sus amigos de tertulia, y luego transformarse en el más cruel cuando habla conmigo. Viene borracho y se masturba usando mi cuerpo. Yo lloro, pero no se da cuenta, porque no me mira a la cara. Pero no lloro por la violación, si no porque ya no hay amor, ya no busca mi placer hasta que le digo basta, ni me susurra palabras bonitas, ni se queda dormido abrazado a mí acariciándome el pelo. Se da la vuelta y no tarda nada en roncar, soy su pastilla para dormir. No se preocupa de poner un despertador, ya le despierto yo. No prepara su ropa, ya está planchada y limpia. No sabe si hay leche en la nevera, ni si tiene jabón para la ducha de mañana. Solo piensa en él, y yo vivo en la paradoja de no existir. Los fines de semana, cada vez con más frecuencia, los sábados vamos a ver a su familia. Yo lo prefiero, no quiero estar a solas con él, me da pavor. Cada vez está más irascible y yo más derrotada. También lo prefiero porque cuando estamos con gente se parece a sí mismo, e incluso recibo y deja que le de algún gesto cariñoso. A veces hace como que me hace el amor, aunque casi siempre acabamos igual, el borracho y yo llorando. Los domingos se levanta tarde, bueno, cuando le da la gana. Desayuna, mira la televisión y al rato se va al bar, a tomar el aperitivo. Yo me quedo recogiendo y limpiando. Hace tiempo que no me pide que vaya con él y me advierte que cuando suba tiene que estar todo perfecto y la comida hecha, si no se enfadara. No se da cuenta que siempre lo está. Luego se va al futbol, antes solo eran los partidos de casa, ahora va a todos. Y yo lo veo en casa sola, por si quiere algún día comentar el partido conmigo. Cuando juegan fuera hay días que ni viene a dormir y si viene siempre vuelve cansado. Cuando juegan en casa y pierden se mete en la cama y no quiere ni escuchar la radio, se queda dormido enseguida y yo no le molesto, cuando ganan escucha la radio mientras me hace llorar. Ni una victoria de su equipo ya comparte conmigo. Sé que esta vida que llevo no es vida, que si no me falta de nada, no tengo nada y que si sigo queriendo no soy correspondida. Pero no sé si el haber jurado que siempre le amaría está haciendo que no crea en el amor. Que el tiempo que he pasado en esta casa me parece toda la vida y que soy demasiado cobarde para cambiar de lugar. Que el hecho de tener una responsabilidad me aterroriza y me asusta buscarme un trabajo. Que poco a poco se quedó con mi energía, me hizo pequeña y vulnerable. La razón me dice que busque una solución, pero no puedo hablar con él. Una vez le reproche su comportamiento, y rompió una silla contra el suelo, con la cara desencajada de odio, y ahora casi solo le hablo cuando me pregunta. No quiero decírselo a nadie, por vergüenza u orgullo, ni yo misma me entiendo, yo ya no tengo orgullo. Mi familia está muy lejos, y me asusta que se pongan de su lado, ellos son así y no hay marcas. Me ayudarían pero por su cultura ancestral, seguro que cambiarían su forma de tratarme y en el pueblo hablarían y murmurarían haciéndome la vida imposible. Soy yo quien se va. Estoy atrapada por mis pensamientos, por mis recuerdos, por vínculos etéreos e inseguridades infundadas. Solo tengo que salir, pero no es tan fácil y otra vez soy yo. El día que vinieron mis hermanos me tuvieron que sacar arrastras. Lloraba desconsoladamente, como si me dejara allí la vida entera. Me eche atrás y me secuestraron. Llore todo el camino a casa de mis padres. Mi marido llamaba al teléfono varias veces al día. Siempre lo cogía mi padre y discutían, aunque mi padre aún no entendía bien porque me fui. Pocas semanas tardo en dejar de llamar tan a menudo, solo echaba de menos dominarme, no a mí. Su orgullo herido era quien lo hacía. Le decía que no le avisé, que estábamos bien, que me quería. Hace tiempo que hablábamos lo justo, el sí que estaba bien y ahí solo he querido yo. Un domingo su equipo jugaba en la ciudad cercana al pueblo; nadie de mi familia se enteró. Yo ya tenía a mis amigos de la infancia y a mis treinta y pocos años estaba recuperando la vida. Salí con una amiga a dar un paseo por la ciudad y lo vi. Iba desaliñado, sin afeitar y sucio. No me dio pena, ni sentí amor, ni quise en ningún momento acercarme a él. En aquella casa le veía poderoso, fuerte y magnánimo. Ahora, al salir de allí, era uno más, incluso menos que los demás y me di cuenta de que perdí toda mi autoestima, dominada insignificante, por el más insignificante. Sin mí no era nada y yo era muchísimo más de lo que me hizo creer. Sonreí sin miedo y me di la vuelta. Sugerí a mi amiga que fuéramos a tomar algo, no hasta tarde, que era domingo. En un local, aquel día en el que perdí el respeto a lo que temía, el mismo día que recordé quien era, ese mismo día me sentí libre. Libre de verdad, libre para no tener miedo, libre para el amor. Desde entonces abrí mi espacio y lo compartí, me relacione y amé de nuevo. Le cogí el teléfono y le hable, como si me debiera la vida y el honor. Le hable sabiéndole nada, por lo menos para mí. Volví a ser como era pero mejor, con más experiencia y ganas de aprender. Lo hice y no podía fallar, ya sabía qué no dejaría hacer. Ahora a mis más de cuarenta, sigo siendo feliz. Con mis dos hijos, mi pareja y mi trabajo. Con mis tardes de cine los cuatro, mis paseos por el campo en familia, mis domingos de futbol y mis noches de hacer el amor.

Exilio forzoso.

Ya casi no recuerdo ni las caras de mis hijos y de mi mujer, ni siquiera sé si estarán vivos. Hace más de dos años que salimos de la tierra buscando otro planeta para colonizar. La última guerra termino de destrozar la atmósfera y ya no crece nada que no esté a cubierto. Después de aquello la población mundial se redujo hasta quedar apenas unos millones. A pesar de ser tan pocos no hay alimento, y las tierras contaminadas y abrasadas por el sol, no dan nada. Los animales también están contaminados, como las personas. Si no encontramos donde ubicarnos lo antes posible todo terminará. Las conquistas conseguidas por el hombre en cualquier ámbito, desaparecerán. Era un viaje desesperado, pero que de momento estaba siendo en vano. Solo podíamos comunicarnos cada dos meses y el sistema no funcionaba bien desde hace tiempo, ya hacía más de seis. Nos encontrábamos en un desierto inerte, que si bien tenía una atmósfera adecuada para la vida y su temperatura era perfecta, no encontramos ni un solo indicio de que hubiera agua. Lo curioso es que veíamos en el horizonte gran cantidad de nubes, algunas oscuras que lanzaban enormes rayos contra el suelo. Decidimos avanzar hasta una gran cordillera que se podía distinguir a veces, cuando las nubes de polvo y los días claros lo permitían. Éramos diez, justo la tripulación necesaria para llevar la lanzadera, también un equipo científico y tres militares, en total quince personas, posiblemente las únicas que quedaban. Empezamos a pensar que las tres mujeres que venían con nosotros eran un tesoro y que tendríamos que protegerlas a toda costa, eran la última esperanza de nuestra raza. No llevábamos ni medio día de camino cuando empezó a cambiar la orografía, cada vez era más difícil hacer que la lanzadera avanzara entre las rocas. Acampamos muy cerca de un gran cañón que nos impedía seguir avanzando con todo el equipo y preparamos una avanzadilla para explorar la zona. Iríamos uno de los soldados, el oficial mecánico y yo que me encargaba de las comunicaciones, no tenía trabajo así que me presente voluntario. Cogimos algo de provisiones y agua y emprendimos camino en dirección a las montañas, con la esperanza de encontrar un lugar donde asentarnos. Avanzamos por un pequeño paso que bajaba hacia el fondo del cañón, mientras una gran y negra nube, poco a poco, fue cubriendo nuestra posición. No soltaba ningún rayo pero se podían oír los sonidos eléctricos en su interior y el pelo de todo el cuerpo se nos erizó. Seguimos bajando la ladera hasta llegar a un claro. De repente, frente a nosotros, cayó un enorme rayo que levanto una nube de polvo, no se veía a un palmo de distancia. Otro estruendo esta vez se oyó más cercano, dejó un pitido en mis oídos haciendo que el pánico se apoderara de mí, ahora ni oía ni veía. Antes del primer rayo vi un hueco en la roca a mi derecha, a tientas intente llegar. El pitido continuaba y se prolongaba con los continuos estallidos, cada vez más frecuentes. El polvo se metió en mis ojos haciendo que me escocieran y lagrimaran, convirtiéndome en un ciego y sordo en un lugar desconocido. Creo que me protegí en el hueco, llamaba a mis compañeros a gritos, hasta que me di cuenta de que no les oiría, y me calle esperando que mis ojos evacuaran todas las partículas que me impedía ver donde se encontraban. Pero los rayos seguían cayendo y yo seguí esperando. Palpaba arriba y los lados, si estaba a cubierto, pero no sabía si mis compañeros pudieron hacer lo mismo. Yo seguía palpando e intentaba abrir los ojos, pero los pocos ratos que podía solo veía oscuridad. Los estruendos fueron paulatinamente dejando paso a una brisa suave con un olor que me hizo sentir euforia, es curioso cómo se pueden juntar dos sentimientos tan dispares. Tierra mojada, a eso olía. Lo que vinimos a buscar, la esperanza del ser humano. El pitido se fue disipando y los ojos aclarando. Empecé de nuevo a llamar a gritos a mis compañeros, sin respuesta. Salí de mi escondite y les vi, tirados en el suelo, muertos. Carbonizados y mutilados, sin rastro de sangre, la potencia de los rayos hizo que no se derramara, se evaporó. Sentí pena por ellos y me sentí solo, desvalido. Volví por el mismo camino hacia el campamento al ascender un poco una gran columna de humo me indicaba mi destino y temí lo peor. Cuando llegue vi la lanzadera ardiendo, varios cuerpos, al igual que los otros, carbonizados y mutilados por las descargas. Busque con desesperación alguno de ellos, deje de hacerlo cuando conté hasta doce. Caí de rodillas ante el ultimo cuerpo y llore. Mis lágrimas se mezclaban con la lluvia que empezó a caer, y que me hizo reaccionar. Me levante y recogí lo que pude salvar de material y alimentos, ahora sí que estaba solo. No quedaba más remedio que asumirlo y sobrevivir. Si en ese momento hubiera cogido mi arma y disparado contra mi sien, o me hubiera lanzado por el acantilado a nadie le habría importado. Pero pensé en mis hijos y en mi mujer, y que no sabía realmente si aún existían y la esperanza me hizo intentar sobrevivir. Seguí al agua por su camino hacia el fondo del cañón, despacio, ya no había prisa para nada. El agua serpenteaba entre las rocas hasta entrar por una gran cueva. Saqué mi linterna y continué siguiendo el riachuelo. Era muy hermoso, realmente bonito, y no había con quien compartirlo. Al final de la cueva, el agua desaparecía en una cascada, me asomé y vi un hermoso lago rodeado de vegetación, y volví a llorar. Descendí como pude hasta la zona, y busque un lugar donde descansar. Me prepare un pequeño asiento con las hojas de algo parecido a los helechos, y me quede mirando al agua, la causa de venir aquí y su creación, la muerte de mis compañeros y posiblemente de todo lo que quedaba de nuestra raza. Conseguí adaptarme, y pasados unos meses, una mañana, escuche un zumbido. El sonido me era familiar y salí de la cueva veloz, con ilusión. Esa esperanza que no perdí, la que me hizo sobrevivir, se convirtió en mis deseos. Subí corriendo a la explanada superior. Sin duda era una nave nodriza de las nuestra, seguramente con más personas, y ya teníamos donde vivir. Lloraba mientras corría, pero ahora de alegría. Por fin lo vi, siguieron las últimas señales enviadas por la lanzadera, iban directos hacia mí. La nave se acercaba poco a poco claramente iban a aterrizar. Pensé que igual mi familia estaba allí, y me ilusione, pero como nunca antes, me sobrepasaba. Una gran nube se acercó a gran velocidad repartiendo rayos a diestro y siniestro. Uno de ellos alcanzo la nave, que cayó envuelta en llamas. Y yo me quede quieto, esperando mi alivio, mi rayo salvador.

domingo, 23 de noviembre de 2014

La primera alerta

(no es plagio, no copio nada, este relato esta hecho para un concurso de la sociedad Tolkien española. Disfrutad los amantes del señor de los anillos.) Ya estaba pasando la noche. Aquí no son solo oscuras y frías, también son tenebrosas y húmedas. No había pegado ojo apenas, imposible con los sonidos de las alimañas y los continuos temblores de tierra habituales en esta región. Llevamos ya dos días con sus noches buscándolos, más el día de trayecto hasta aquí. No estábamos preparados para tanto tiempo, se supone que los encontraríamos rápido. Es la primera vez que veníamos sin mi padre, él tuvo un accidente a caballo. Venia de la fiesta de mi tío, bebió demasiado y no pudo controlar al animal. Mira que mi madre le dice que a las fiestas se lleve el carro, más aun sabiendo lo que le gusta beber. El caso es que nos veíamos mi hermano y yo solos en las lindes de Mordor, y aún sin rastro de los hongos. Cuando vamos con mi padre no tardamos tanto, el conoce todos los recovecos, entiende y estudia el entorno, lo aprendió de mi abuelo. Yo como primogénito debería saberlo ya, y eso creía, pero veo que no es tan fácil. Algún detalle se me escapa. Era importante que los encontráramos, sin ellos mi madre no podría hacer su plato especial en la cantina. Los comerciantes enanos que bajan de las montañas venían siempre a comer por allí. Era el único sitio en toda la región donde los preparaban. Además solo ellos pueden comer estas setas, cualquier otra raza se vería afectada por fuertes dolores de tripa y un aliento fétido, y por tener sus manjares lejos de su tierra, pagaban muy bien. Durante milenios se han alimentado con ellas, crecen en las rocas donde más concentración de azufre hay. En Moria las cultivan, nosotros las recogemos silvestres. Mi abuelo ya intento hace tiempo comerciar en Moria por los hongos, fue un auténtico fracaso. Los enanos son muy suyos, y no venden tan fácil mente. Yo prefiero venir a Mordor, está a la mitad de distancia, y no hay que negociar con ellos ni gastar recursos. El problema es que no las encontrábamos. Hemos ido a todos los lugares que conozco y nada, ya no sé qué hacer, dos días enteros caminando sobre las rocas y durmiendo entre ellas. No podemos desistir, si no volvemos con nada mis padres se van a enfadar, sobretodo mi madre, que ya está contenta con el accidente de mi padre. Mi hermano empezaba a protestar, “no queda casi comida, y no puedo con la espalda.” Está claro que este no es terreno para los humanos. Caminamos durante otro medio día, pudimos encontrar una pequeña cantidad, y restos como si algo o alguien hubiéra pasado antes que nosotros recolectando. Ahora en vez de fijarnos entre las rocas buscando nuestro objetivo, seguíamos pistas, rastros, algo que nos indicara quien era el responsable y que había hecho con nuestras setas. Las rocas no dejaban ver señales de pisadas, y la casi oscuridad perpetua que provocaba el humo de Orodruin, no dejaba ver ninguna pista. Vi en mi hermano un gesto de pavor, me hizo una señal con la mano y salto corriendo a un hueco que formaban dos enormes rocas, rápido le seguí. "No lo has oído?, estoy seguro, alguien hablando". Nos quedamos en silencio. Una ráfaga de aire trajo un susurro. Era una voz estridente, en un dialecto antiguo. Nunca habíamos oído hablar ese idioma, y sentimos miedo. Sabíamos por nuestro ancestros de la Ultima Alianza y la gran guerra, y que tras la montaña, en Mordor, habitaban orcos, trolls y trasgos, y que no dudarían en asarnos y comernos si nos cogieran. "!Vámonos ya!", mi hermano estaba pálido, le temblaban las manos, tenía las pupilas dilatas y los ojos abiertos al máximo. Me asuste más. "No podemos volver sin los hongos, mama nos matará." A pesar del terror que me infundía encontrarme con alguna de esas criaturas, teníamos que cumplir con nuestra misión, he intente tranquilizar a mi hermano. "Solo quiero ver donde están, piensa que es muy extraño que estos bichos estén a este lado. Y si traman algo? Debemos informar, por Rohan." Bidil estaba más tranquilo, ya no era un niño, era un chico valiente y bastante más grande y fuerte que yo. Además manejaba el mandoble como nadie, y confiaba en mí. "Vale Mernar, pero nos olerán a distancia, son como animales". Empezaba a pensar que no sería tan terrible encontrárnoslos, y que contábamos a favor que ellos no sabían que estábamos allí. Veía que mi hermano acariciaba el mango de su arma, y que su gesto cambio. "Ellos están cogiendo hongos como nosotros, sabes que el olor de sus esporas, se pega a la ropa y la piel y dura días, huelen como nosotros. Solo tenemos que ser más listos. Además, si son trasgos y no son muchos les podremos incluso dar caza." Sabíamos por las romanzas y leyendas, que los trasgos eran una cuarta más bajos y también enclenques. Dos trasgos no hacían el peso de un hombre. Bidil cambio aún más su gesto, ahora tenía el de antes de entrar a un torneo. El nunca lucho a muerte, pero era un gran campeón, y pensar que fueran unos pequeños trasgos, le animaba a combatir. Salimos sigilosamente del agujero, ya con las armas desenfundadas, y empezamos a ascender a un saliente orientado hacia el origen de las voces. Nos asomamos entre las piedras, con cuidado. "Bien son trasgos", Bidil, al verlos, echo hacia atrás el mandoble, como para dar un gran golpe. Mi hermano pequeño, pero ya veía a un hombre y su actitud hizo que me sintiera más seguro. Vimos un paso hasta la situación de los trasgos desde la altura, bajamos del saliente y en silencio nos acercamos al llano que ocupaban. Lo bueno de esta zona es que hay muchos escondites. Era medio día, aunque la luz era mínima, lo sabía por los rayos de luz que a veces escapaban del humo. "Mernar mira, se están echando a dormir". debiéron estar mucho tiempo recogiendo hongos para tener dos sacos enteros. Nosotros con dos cestas estábamos servidos. "Llegamos justo a tiempo". Mi hermano tenía razón y lo sabía. Cogió el mandoble con su mano izquierda y lo echo sobre su hombro. Metió la mano derecha en su bolsillo y saco la navaja de cortar las setas. Se agacho y se quedó mirando fijamente a las bestias. El estómago se me encogió. De verdad íbamos a matar?. Soy el hermano mayor, no podía dejar que Bidil hiciera esto solo, pero estaba helado. Temblando solté la zamarra, puse mi espada con mi mano izquierda en el hombro, saque mi navaja y me agache. Pasado un rato solo se oían ronquidos y gemidos, por momentos no vimos ni un movimiento. Mi hermano me miro y asintió, señale con la cabeza y salimos del escondite. Estaban tumbados en círculo entorno a un fuego. Había un animal asándose, le faltaban partes y no sabría de qué se trataba, pero olía bien. Bidil por la izquierda y yo al otro lado fuimos avanzando muy despacio, esquivando las esquirlas de pizarra para no hacer ruido. Uno a uno, tres él y tres yo, les dimos muerte. Nos abrazamos como si hiciera años que no nos veíamos. Bidil los miraba alucinado. No usó su mandoble, pero fue fugaz y letal. Seguro que será un gran soldado de Rohan. Yo me senté un instante, me temblaban las piernas. Pero me sentía diferente, más fuerte y más valiente. "Sabía que si un día tenía que matar, seria con mi hermano". Bidil me miraba orgulloso y yo me sentí mejor. Cogió una pata del animal y se sentó a comer. Yo le seguí. No pasado mucho Tiempo tuvimos que parar. El olor era insoportable, a podrido. "No puede ser que sean ellos". Al olor lo acompaño un susurro, que fue aumentando hasta hacer temblar el suelo. Bidil y yo estuvimos todo el rato escuchando y mirándonos, dejamos en todo el tiempo de masticar. El sonido aún era lejano, así que no nos sentimos amenazado. Un grito marcial se oyó, y el temblor paro. Soltamos la comida, y corrimos rápido en dirección del sonido. Había una gran rampa de rocas que descendía hasta una explanada. "Mernar, esto es serio". Seis batallones de orcos y tres enormes trolls, en uno de los accesos a Nindalf. Estos pobres trasgos solo eran recolectores al servicio de este ejército. "Tenemos que comunicarlo lo antes posible." Corrí por mi zamarra mientras Bidil sacaba el animal de su empalamiento. Cogimos los sacos de setas y bajamos hasta la ladera, donde nos esperaban nuestras monturas. Emprendimos camino hacia nuestro pequeño poblado junto a los Saltos de Rauros. Nada más llegar contamos a nuestros padres lo ocurrido, mi madre orgullosa de sus valientes hijos y contenta por la cantidad de setas. Mi padre se puso sus mejores galas, cogió el carro y a mi tío, y emprendieron camino a Edoras. Mi hermano y yo fuimos los más famosos y aclamados, la gente nos admiraba y las chicas se interesaban. Fue un momento feliz, hasta el consejo del pueblo nos hizo honores por dar la alerta.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Fernandismo

¿Qué es el Fernandismo? No se asusten, no quiero crear una nueva religión o ideología política. No quiero hacer una secta y prometeros la abdución eterna. No va de eso. Ni nada parecido que se os ocurra. No quiero venderos el último robot de cocina, ni la última aspiradora superhipermegacosmica que salió mercado. Solo quiero explicar un poco que pienso. El Fernandismo, tanto en la cuestión política como en la religiosa y como en cualquier otra que podáis pensar, es simplemente convivir. No creo en un dios todopoderoso que creó todo lo que nos rodea, si creo en el evolucionismo, porque si había una posibilidad entre millones de trillones de que pasara, mi mente matemática dice, “Hay una posibilidad”. Pero creo que soy demasiado insignificante como para preguntarme una u otra cosa. En lo que realmente creo y estoy seguro de que existe, sois vosotros. Vosotros y todo el resto de personas que pasan a diario por mi vida. Si en algo creo de verdad es en las personas, porque en mi corta vida es lo único que voy a tener. Ser educado y respetuoso no me cuesta nada, aunque mi vida no me haga todo lo feliz que quisiera, pero eso hace que cualquier momento con cualquier persona sea aprovechable. Ese es mi dios, lo que tengo que labrar día a día en el tiempo que me concedió, un cálculo matemático y el amor de mis padres. Y la gente que me rodea, pero no solo mi entorno si no toda persona que sepa convivir, es bienvenida en mi espacio. En cuestión política también soy fernandista, y esto explicara también porque llamo así también a mi “religión” inventada. Creo en la idea individual, en que cada persona tienes su propia forma de pensar y vivir, y que pase lo que pase solo yo vivo y pienso como yo mismo y como nadie más. Y si me llamara Juan, estoy seguro que sería Juanista. Si bien tiendo a la izquierda, es evidente por el tema social, también entiendo muchas ideas del otro lado, por lógicas y coherentes. Nunca hay que cerrar la mente y “ser o no ser” de un lado o de otro. Lo que si pienso que todo debería estar un poco más repartido. No hablo de comunismo, pero sí de no permitir que mientras hay gente perdiendo sus casas, otros amasan dinero. Que no se hagan los recortes precisamente en lo que preserva nuestra constitución y nos protege. Vivienda, alimento y educación no deberían faltarle a nadie nunca, y así no vamos bien. Solo pido que los que más tienen arrimen el hombro, que ayuden al prójimo pero de verdad, porque con poco, con una pequeñísima parte de lo que tienen esto no habría pasado. Gracias por aguantar el duro sermón, y espero que así me conozcáis un poco mejor. Un saludo y un guiño a mi compañero de estudios Juan.

Un paseo

Un paseo, un simple paseo era todo lo quería hacer. Ver el bosque cercano, con sus grandes pinos y los enormes helechos que tupían el suelo. Mojaban mis botas con el rocío, ahí donde no da el sol. Acercarme hasta el rio y escuchar los cientos de sonidos en diferentes tonalidades, que regala el agua al golpear contra las rocas o contra sí misma. Tumbado mirando al cielo, al que me dejaban ver las copas de los árboles, escuchando, mirando, sintiendo el frío aire que golpeaba mis mejillas. Solo quería eso, estar solo junto a lo vivo inerte y lo muerto imparable. Junto a la paz del orden establecido, aquí donde no hay nadie que lo establezca. Gire mi cuerpo sobre mi lecho de roca, y sentí el musgo sobre mi cara y mis manos. Lo acaricié pensando que nunca nadie lo había hecho, y sentí su hermosa textura. Los líquenes también aportaban un matiz áspero, contrastando con la suavidad de la roca. Lo sentía todo, y me sentía libre. Con mi nueva posición veía el río, los peces apenas se distinguían entre los brillos deslumbrantes, nadaban sin parar y sin cambiar de lugar. Un cangrejo de color bermellón buscaba entre las rocas un lugar donde esconderse de nadie. Sentí de nuevo un escalofrío, otra corriente de aire fuerte y frío. Me levante y volví a coger el estrecho camino que sorteaba los pinos, esta vez en dirección a casa. Mi pequeño paseo tenía que terminar, y mis botas no podían repeler más agua. Un sapo cruzó por delante de mí como si no estuviera, iba caminando despacio. Era feo, grotesco, y pasaba sobre las rocas como un tanque, sin dar rodeos, como si no viera el hueco ni el resalto. Estuve tentado a cogerlo, pero no estaba allí para variar ni un ápice del ritmo pausado del bosque, y me quede mirándolo. Al final lo vi bello, perfectamente alineado con el paisaje y el ambiente húmedo y verde, con su marrón oscuro y su piel rugosa. Se perdió entre los helechos. Siempre vengo ilusionado, y me voy deseando que llegue mi paseo, mi pequeño paseo de naturaleza y tranquilidad. A veces hubiera dado por ser de aquí, no de la región, si no del bosque. Esta sensación de ser parte de esto. Soy un animal, y lo siento cuando vengo. Quiero pescar los peces, recoger bayas, despellejar al sapo y comerlos. Montarme un refugio con unas ramas, y hacer fuego con dos piedras. Usar los conocimientos, que si ahora no son importantes, han pasado de padre a hijo, de madre a hija o de historiador a libro. Es algo innato, como si los años de desarrollo y el acomodamiento del hombre con su tecnología no lo pudieran borrar. Siempre que mi vida de hombre normal en el siglo XXI me lo permite vuelvo, pero no termina de ser como quisiera. Si el instinto y el conocimiento no se han borrado, si la fuerza y la resistencia. No hay tenacidad ni sufrimiento, no me lo permito. Sigo dando paseos, ahora todo lo largos que puedo, pero siempre bien abrigado y prevenido, no sé dejarme llevar, no puedo ni me dejan. No me puedo arriesgar a perder mis posesiones ni mis objetivos. Doy, damos pena, cuando la tierra nos mira y nos ve tan débiles y frágiles. Da miedo pensar si la venerable señora nos hiciera volver al principio. Da miedo.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Mis pesadillas

Sueños, hermosos sueños de paz y tranquilidad junto a mi gente querida. Sueños al pie de un arcoíris con mi amada, de tener gran cantidad de dinero y ayudar a los demás. Sueños en general placenteros y generosos, de esos que cuando despiertas quieres seguir recordando, y anotar lo ocurrido para intentar en la noche siguiente que se vuelvan a repetir, o continuar. Y eso me ocurre a mí todas las noches, a veces se repiten y a veces continúan. Pero no son sueños si no pesadillas en las que la gente muere cruelmente y se devoran sin escrúpulos. Pesadillas terribles, que ya de habituales se han convertido en algo que ocultar para que no me crean loco y me juzguen. En el trabajo me ven cansado, porque casi no duermo y yo lo achaco a una enfermedad extraña de la respiración. Cuando voy a mi médico y le pido, casi imploro, pastillas o algún remedio para dormir profundamente o cuando pongo una y otra excusa para no salir con los amigos las noches libres, ni ir con la familia de celebración. Así pues mi vida se ha convertido en una pesadilla toda ella. Sin poder cumplir con mis obligaciones como persona normal, y sufriendo la falta de sueño y el cansancio. Sobro todo es una pesadilla, cuando por las mañana me ducho, casi sin dormir, mientras enjuago de mi boca ese sabor característico y metálico de la sangre. (tras varios comentarios sobre el texto, he de decir que el narrador es un asesino antropofago......... no esta enfermito y no soy yo. Un saludo.)

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Estudiar

Estudiando estoy, terminando los estudios que no terminé, y cada vez que voy se me abre más la mente. Me siento con más ganas de curiosear y adquirir conocimientos. Cuando era joven todo me aburría y me parecía demasiado, guiado por la adolescencia más salvaje, solo pensaba en chicas y en fiestas. Para ello necesitaba dinero, y los estudios me ocupaban demasiado tiempo. La balanza se inclinaba con fuerza hacia el trabajo, cuando era fácil conseguirlo con corta edad y sin experiencia, y con otros elementos de momento y época que no viene a lugar. Solo es una pequeña reflexión para compartir un conocimiento que te da la vida, una reflexión que un gran porcentaje de personas con cierta edad se han hecho alguna vez. Si algún joven o adulto, que dejara o esté pensando en dejar de estudiar, este leyendo esto escuchen la pregunta y piensen que lo que les cuento es real. ¿Por que deje los estudios? o si lo hubiera sabido no lo habría dejado. Ahora con mi experiencia y marcado por el cambio de turno en mi trabajo, muchos años de noche alejado de todo lo real, volví a los estudios y a la vida. El alimento de la mente es la cultura y el conocimiento, una buen libro, una buena película o una visita a un museo, la mía tenía mucha hambre. Y ahora me siento con ganas de compartir, por eso este rincón y por eso este consejo: No abandonar, no parar y los que no lo estén haciendo, siempre se puede volver a empezar

Estrella fugaz

Que mal me levanté hoy, apenas he dormido. Vivo en un bajo que da justo al pasillo que conduce a la piscina. Todos los días oleadas de niños gritando y jugando, con sus madres y padres gritándoles a ellos. El calor es insoportable, el trafico insufrible y los vecinos unos desconsiderados. En definitiva, no duermo casi nada. Trabajo de vigilante en una obra. Toda la noche solo, ese no es el problema, el principal es mantenerme despierto. Hoy además, me desperté tarde y con las prisas se me olvido la mochila con mis crucigramas y pasatiempos, con el libro y la consola de mano. Diez horas, a ver que hago. Cuando todos se fueron, me acomode en mi caseta rectangular, apenas con una mesa y una silla. Cada hora tenía que hacer una ronda por el perímetro y comprobar las puertas de acceso y la de los materiales. Sería una noche larga. Saque mi móvil que era lo único que tenía, y menos mal porque debía tenerlo por si ocurría algo y necesitaba ayuda. La caseta estaba situada de manera que la ventana se orientaba a la puerta principal, yo me sentaba allí y de vez en cuando levantaba la cabeza, cuando oía un ruido. Mientras echaba un vistazo en el teléfono de reojo note un destello, levanté la cabeza y vi una estrella fugaz, la más grande y brillante que había visto nunca. Era difícil que destacara en aquel tapiz estrellado, o quizás esa era la razón para que se viera tan bien, la obra estaba en las afueras y apenas había contaminación lumínica. Salí para ver el espectáculo más allá del hermoso cuadro que me ofrecía la ventana. Ahora era mucho más hermoso, la estrella que llamó mi atención era cada vez más grande, parecía que venía hacia mi posición. Cada vez se hacía más grande, me empezó a entrar miedo. La trayectoria conducía al astro a un campo cercano, bueno en descampado anexo al que yo vigilaba. A los pocos minutos, más deprisa según se acercaba, impacto contra un montón de arena haciendo una gran nube de polvo y un pequeño cráter. Fui hacia el agujero apartando de mi cara con aspavientos las partículas de polvo, cuando se disiparon pude ver la maravilla. Un gran diamante, dinero en roca. Mis deseos, todos los que había pedido en otras tantas estrellas fugaces se hicieron realidad. Me apresuré a coger con cuidado la piedra incandescente, tenía que esconderla, seguro que alguien más vio el destello y vendrían a investigar. Lo cogí ayudado con una pala lo metí en un cubo de agua, la cual tardo pocos segundos en evaporarse casi por completo. Tenía que esconderlo, sin demora fui corriendo a mi taquilla, y una vez guardado respire. Empecé a soñar que haría con tanto dinero, y a calcular cuánto me darían por aquello. Soñando me hallaba cuando recibí un fuerte golpe en la cabeza. “¡Pedazo de capullo, nos han robado todo”. Mi sueño de riqueza termino en el paro, y teniendo que pagar lo sustraído. Pero eso si, sigo pidiéndole deseos a todas las estrellas fugaces. (Dedicado a Mar Redondo)

martes, 18 de noviembre de 2014

Entra taza y taza

Al llegar a mi destino, lo primero que pude ver, no por su cercanía sino por su majestuosidad, eran las imponentes torres de la entrada principal. “No cabe duda que será la referencia para el primer paseo por la ciudad”. Me debatía entre ir primero al hostal o dejarme atraer hacia su belleza deslumbrante. Decidí lo segundo. Mucho tiempo hace que no caminaba por estas calles estrechas, sorteando a la gente y las motocicletas. Era temprano y aun mi estómago no había recibido nada, empezaba a protestar. “Tiene narices que lo primero que tengo que hacer aquí sea meterme en un bar”. Un café, solo eso, para no perder ni un minuto más en algo que no sea disfrutar de este lugar. Mientras caminaba hacia mi destino, el acento característico de la gente con la que me cruzaba me acompañaba en un viaje paralelo en la avenida de mis recuerdos, alejados en el tiempo pero que, durante algunos instantes, se mezclaban gracias a un detalle, expresión, color, olor o sonido. Llegando a la Catedral olía más a mar, a salitre y algas. El sonido de las olas, las gaviotas, los niños jugando, todo junto se convertía en una sonata ya oída, y que sin dudar la haría parte de mi banda sonora vital. El viento era fuerte y templado, como queriéndome ayudar a soportar el calor pegajoso e irritable que intentaba, a toda costa, que desistiera. Me pare frente a ella, un minuto, eso es todo lo que necesitaba mi alma. Y me fui. Llegue al hostal, la típica casa del casco antiguo, estrecha y desconchada, tapizada en su interior de azulejos y geranios. Olía a clavos y laurel, también se distinguía el limón y el vinagre, el comino y el romero, más recuerdos, más nostalgia. La escalera hasta la habitación era angosta y desgastada, me pregunte cuantas personas y años pasaron por ella. Deje la mochila, me duche y a pesar del cansancio bajé la escalera y empecé de nuevo a caminar sobre el empedrado y sobre mis recuerdos. De camino a la Catedral relacione olores con lugares, “Hay que comer algo”. Nuevo referente un olor, uno muy especial y fácilmente reconocible, que durante mi anterior paseo casi hizo que me detuviera con más fuerza aun que mi cansancio. Llegue allí con la multitud, las conversaciones jocosas y las risas, vasos y platos golpeando temerosamente contra la barra y las mesas. Una gran vitrina albergaba mi deseo, todo entremezclado, dorado, caliente y emanante, que estimulaba todos mis sentidos, bueno todos no, para eso faltaban cinco números y una copa de vino blanco, amargo, pero que dejaba en cada sorbo un legado de tonalidades, algunas de ellas dulces. Llegó mi turno. Variado, de todo un poco, en bandeja metálica. Iba alternando, mi paladar no cabía en sí de placer. Otro café, y un sueño que amenazaba mi gran día, de feliz melancolía. La playa, no puedo pasar por aquí sin visitarla, sin por lo menos meter los pies en el agua y sentir la arena caliente y estimulante. Teatro Falla, gran encuentro, otro de tantos en mis paseos de hoy. Los grandes ficus milenarios, los seres vivos más viejos, los que si pudieran hablar contarían historias de Príncipes Árabes y asedios repelidos, de libertad y derechos de hermosura y tenacidad. “Que grandes y bellos. ¿Cómo es posible sentir tanto respeto por unas plantas?” Incluso hasta el punto de ponerme en su lugar. Crucé la avenida hasta el paseo; tras un muro de apenas medio metro, pude vislumbrar el mar, que tras la arena amarilla y brillante, mostraba su gran paleta de verdes y azules, en la tranquilidad de la caleta, protegida por dos castillos de los piratas y de las olas. “Me he de tumbar, un par de horas”. Lo necesitaba si quería seguir disfrutando de hoy. Camine por la pasarela estrecha de piedra que cruzaba el océano hacia uno de los castillos. La bajamar estaba casi en plenitud y dejaba ver las rocas moldeadas por la eternidad y el mar. Tras una breve visita tocaba regresar. Ya casi con el sol despidiéndose, tomé una escalerilla de metal, oxidada que descendía empinada y que terminada en una roca. Todo el camino de vuelta lo hice sobre el mar, sobre los pedazos mar que la marea dejo para que contemplara parte de su fauna, bodiones y camarones, cangrejos y pequeñas caracolas, que huían de mí y de mi sombra. De vuelta al hostal di un rodeo, me perdí, lo deseaba y lo conseguí. “He de regresar, mañana termina mi sueño”, pero ha sido esponja y papel en blanco, he restaurado mis recuerdos y los he actualizado. Me iré pero no entero, siempre me dejo algo, lo que ella quiera. Por qué siente que este es mi sito y que soy desafortunado. La razón me lo explica y lo entiendo pero el corazón me da la razón. “¡Buenos días hermosa dama! Es temprano ni los perros, ni el llanto de un niño, ni un vehículo. Esta ciudad no tiene prisa, “he de aprender, me la traje de allí”. Antes de viajar otro café. Mi feliz día terminará así, entre taza y taza.

El conformista

Desde mi posición podía ver las copas de los árboles que brillaban con el sol y sus hojas soltaban al aire hermosos destellos ayudadas por el viento. Las urracas se gritaban las unas a las otras y pasaban fugazmente frente a la ventana. No había ni una nube en el cielo, un perfecto día para pasear. Podía oír a los niños jugar, era divertido cuando discutían a gritos por cosas sin importancia ni sentido, y me hacían sonreír. Se escuchaba de fondo un rio cercano, y su humedad traía tonalidades de jazmín y de rosa. Era un hermoso cuadro lleno de vida. El de toda la vida en mi cárcel de sabanas y jeringuillas, esperando el cambio de turno y de postura para dormir mirando al techo.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Desilusión

Llegue a esas tierras lejanas, sin más ambición que aprender. Con los ojos abiertos como platos y una gran ilusión. Casi aterrizando, podía ver la vegetación frondosa, con gran variedad de tonalidades, era como el paraíso. La fauna se distinguía en los claros y en las veredas de ríos y lagos, estaba en éxtasis. Es como lo imaginaba. Aire caliente, es lo primero que noté. Los trabajadores del aeropuerto iban arreglados y estaban muy bien organizados. Las instalaciones eran impecables y había toda clase de servicios, y establecimientos para disfrutar, mientras esperábamos nuestro trasporte. Salir, solo salir y todo cambio, el éxtasis en rabia, la ilusión en vergüenza, y me sentí sucio por ir limpio y bien vestido. Era un infierno hermoso, maquillado de pobreza e hipocresía, de desesperación y desconsuelo. Cuando tocó regresar ya no estaba limpio, ni bien vestido, ya no era el mismo. Abrí puertas en mi alma y me tracé objetivos. !Algo habrá que hacer!

Recolectando.

Los frutos que se recogen en esta época no son muy variados. Entre bellotas silvestres y algunas setas haríamos una buena sopa. Era tiempo de guerra y de escasez. Tras un zarzal retozaba el enemigo y navaja en mano, la de cortar la fruta, fugaz y sigilosamente les dimos muerte. “Cinco bastardos menos de los que preocuparnos”. Tras buscar entre sus ropas algo de valor, limpiamos las navajas y seguimos recolectando.

Perder las costumbres.

Desencanto, y desilusión. Hace tiempo solo escuchaba la radio generalista, tampoco voy a decir cual, pero la tiende a la izquierda. Después de que empezara la crisis, de que todo lo que escuchaba fueran noticias de desalojos, miseria y hambre, mientras que por otro lado se hablaba de Duques y seudonobles millonarios con pensamientos feudales, y burgueses robando a los que les han elegido. Que poco respeto por la democracia, por los ciudadanos, por España. Este país que es el primero en arrimar el hombro cuando a cualquier otro país o región le falta el pan, el que presume de su solidaridad, de su alegría y su constancia. Son tantas las acciones repugnantes y reprochables, de estos señores a los cuales pagamos el sueldo para que nos cuiden y que luego solo se cuidan a sí mismos y a su entorno, que ya no quiero oír más. Sé que se puede interpretar como una cobardía, o como si dejara de lado a mis compañeros de viaje, que no son otros que el resto de los demócratas de este país, pero no sigo escuchando la radio. No es por cobardía como dije, ni porque me aburra esta situación, es por rabia, porque no quiero sentirla más y gratuitamente, porque cada vez forma con más fuerza parte de mí. He tomado la decisión de no enterarme de nada de lo malo, ahora necesito esperanza para mi gente, y los acontecimientos últimos, tanto el ascenso de la izquierda social, como la acción de la justicia con los indeseables me la da. Personajes que quitan el pan a las familias para amontonar dinero, y que crean leyes parciales y subjetivas a costa de una supuesta mayoría. Esperanza por que huele a cambio, y no huele nada mal. Pensaré en volver a mis costumbres, a escuchar la radio que siempre me acompañó, pero cuando se repartan las noticias en amables y asco/penas.