domingo, 20 de diciembre de 2015

Casualidades. Parte 2ª

Entramos con cautela y linterna en mano. A pesar de las potentes luces solo se veía a pocos metros a causa del vapor de agua que formaba una niebla espesa. Íbamos despacio, arrastrando los pies sobre la roca húmeda y resbaladiza. Se trataba de una especie de pasadizo que descendía poco a poco y en el que cada vez hacía más calor. Un fuerte ruido a nuestra espalda que lo oscureció todo. Quedamos sorprendidos y en silencio escuchando las risas y comentarios jocosos del guía y su hijo que se filtraban a través de la roca redonda ahora cerrada. Nos habían dejado encerrados con el fin de más adelante volver ellos solos a por los tesoros que allí se guardaban una vez hubiéramos muerto. La primera reacción fue correr hacia la roca e intentar moverla, pero se hacía imposible ya que desde dentro no teníamos ningún punto de apoyo para empujarla. Aún escuchábamos a padre e hijo mofándose de nosotros y conjurándose para mantener el máximo secreto. Mi socio empezó a desesperarse: - ¡ Nos han encerrado, moriremos aquí ! - . Estaba claro que moriríamos si no sucedía un milagro, fuera quedaron los víveres y casi todo el material. El fotógrafo, que estaba más acostumbrado a situaciones comprometidas intentó poner algo de calma. - Seguro que hay otra salida o algún hueco de ventilación, tenemos que intentar encontrarlo -. Empezamos a descender por el pasadizo alumbrando a todos lados con nuestras linternas, pero solo se veía la roca labrada. Pasados unos metros llegamos a una zona más amplia en la que había varias estalagmitas. Estas soltaban vapor de agua como pequeñas chimeneas. El agua que se condensaba en el techo, caía luego sobre nosotros en continuos goteos. La concentración de vapor en aquella zona era mucho mayor y la luz no llegaba a un metro teniendo que caminar despacio y a tientas tocando las paredes. Resbalé y caí sobre la pared opuesta apoyando la mano. La roca cedió en una sección cuadrada unos centímetros y las pequeñas chimeneas dejaron de emanar el vapor. Poco a poco la niebla se disipó y pudimos ver que apoyé mi mano en una especie de botón o dispositivo. Ya fue suerte que justo lo hiciera allí ya que hubiera sido casi imposible verlo, de nuevo el azar nos estaba ayudando. Ahora podíamos ver que nos encontrábamos en una gran sala que presidía un monolito con algunas inscripciones que mi socio no tardó en empezar a traducir. - Respeta nuestras vidas, oh dios de las profundidades, y déjanos salir de tu casa sin sufrir daño -. Al pie del monolito había varios recipientes con semillas y huesos de animales, seguramente hacían una ofrenda a ese dios antes de seguir su camino por el pasadizo. El fotógrafo seguía buscando alguna otra salida o recoveco en la roca, mi socio analizaba cada escritura totalmente abstraído y yo intentaba imaginar como acabaría todo esto. Después de un rato de estar cada uno a lo suyo el fotógrafo sugirió que siguiéramos por el pasadizo. - No veo ninguna salida, solo nos queda seguir bajando -. Continuamos el camino, ya sin nieblas y pudiendo escudriñar cada señal, cada hueco en la roca y sin miedo de caer a un pozo o precipicio. Durante todo el camino mi socio fue descifrando las señales que aparecían grabadas en las paredes hasta que encontró una que nos hizo parar y planificar bien todo. - Sigue con los ojos atentos y los pies ligeros -. Las anteriores inscripciones no nos dieron ninguna pista, en todas ellas simplemente alababan a ese dios de las profundidades. Estaba claro que a partir de este punto tendríamos que ir despacio y atentos a cualquier señal. A penas un par de metros más adelante noté como mi pie se hundía ligeramente y me quede paralizado. - ¡ Quietos, deteneos ! -. Después de tantas películas de aventuras y el episodio con aquel dispositivo incrustado en la roca, pensábamos que saldrían troncos puntiagudos de las paredes o una gran roca redonda que nos haría correr por el pasadizo huyendo de ella. Le pedía a mi socio que escudriñara bien toda la zona que rodeaba a la baldosa para ver si encontraba una pista que nos dijera que sucedería si levantaba el pie o si lo apretaba a fondo. El fotógrafo empezó de nuevo a buscar recovecos o señales con su linterna y se le ocurrió una idea. - Teniendo en cuenta que no hemos encontrado nada que nos aclare el fin de ese dispositivo he pensado que hacer -. Escuchamos atentamente su plan. Se dirigió a mi socio y le indicó que se pusiera a un lado de mi y agarrara mi brazo, él se pondría al otro lado. - A la de tres tiramos de él hacia atrás -. Mi socio puso el pulgar en alto y empezó la cuenta atrás. Tiraron con fuerza de mi y yo cometí el error de coger impulso metiendo más aún el pie antes de despegar y noté un click. Resbalamos por el impulso y la roca húmeda y caímos de culo sobre el suelo. La sección que pisé y todo lo de alrededor se elevó medio metro y luego cayó al vacío dejando un hueco de dos por dos metros del cual no veíamos el fondo. La casualidad hizo que el al caer apoyara mi mano derecha con el fin de amortiguar el golpe y la hundí de nuevo en otro dispositivo. - ¡ No puede ser ! -. Empece a llorar pero no solo de miedo si no también de rabia por la torpeza y la mala suerte que me acompañaban desde que entramos en la cueva. - No puede ser que sea tan gafe - Mi socio resopló varias veces muy nervioso mirando fijamente el abismo que dejamos frente a nosotros y el fotógrafo soltaba unas enormes carcajadas señalando mi mano hundida en la roca. Estás se solapaban con su eco produciendo una risa que podría asignarse a cualquier personaje malvado con intenciones ocultas y nunca buenas. Eso le hizo parar de reír, pero las carcajadas se oyeron durante varios segundos más. Mi socio se puso en pié. - El dios de las profundidades se ríe de nosotros -. Mi mano dentro de la roca y el escalofriante efecto del eco nos dejó mentalmente paralizados. Mi esperanza de salir vivos de allí se empezaba a desvanecer.