jueves, 4 de diciembre de 2014

Inocente.

Siempre me lo he creído, porque no hacerlo de mis mayores y personas queridas. Me lo creía todo hasta el punto de hacerlo mío, y como no darle veracidad, cosas sobre cualquier ámbito de la vida. Las defendía con vehemencia en mis discusiones infantiles y que luego siendo más mayor al exponerlas ante otras personas, la mayoría de las veces me dejaban en evidencia, me sentía avergonzado, les odiaba. Ahora veo a los niños y niñas, chicos y chicas, dando por ciertas afirmaciones que no son suyas, y no veo a unos listillos, si no a unos confiados adolescentes, a mí me pasaba igual. Aprendí a documentarme y a verificar toda la información que me llegaba, para que no me pasara lo mismo más veces. También a crear mi propia opinión sobre las cosas. Ahora con el tiempo, tras cigüeñas y reyes magos, tras el coco y el hombre del saco, después de darme cuenta que no todo en esta vida es lo que parece, agradezco el esfuerzo sincero de mis padres y allegados por conservar en mi lo máximo posible, una cualidad que irremediablemente se pierde y no regresa, y que sin duda alguna es de las más hermosas del ser humano. Una cualidad que por la maldad de los hombres poco a poco va desapareciendo, la inocencia. (Para Elena María Córdoba)