Bolras Cap. 4º

A la mañana siguiente continuamos con las viviendas y el resto de las zonas comunes. Durante todo el día siguieron llegando paisanos, pero ya no del pueblo, si no de diferentes zonas de la región. Se corrió la voz como la espuma entre la gente de bien que no quería seguir siendo vasallos de un tirano y los descendientes de los antiguos moradores que ansiaban la independencia. En un par de días juntamos treinta viviendas, mas de cien personas, había que organizarse bien. Hubo que mover los corrales mas hacia el llano, la idea es que hicieran de parapeto, y las viviendas en el interior. Las atalayas naturales de roca ya no eran suficientes y se construyeron varias alrededor del perímetro. También se organizaron los oficios y obligaciones de cada persona y familia, nos reunimos para ello y no surgieron problemas. En los que había menos mano de obra pusimos a los adolescentes de aprendices para cubrir las necesidades, y todos quedaron contentos. No teníamos moneda ni comercio, todo era de todos, no había conflicto, y quien no estuviera de acuerdo podía irse. Para tener todo organizado decidimos una especie de escala de mando en la que mis cuatro amigos y yo, como emprendedores de esta aventura, fuimos elegidos sin debate como los dirigentes y primeros formadores del consejo de Bolras. “ ¡Soldados por el bosque! ”, nos situamos en nuestras posiciones esperando una carga, pero en la explanada solo entraron dos soldados y un chiquillo en un borrico: “ ¿Ferny estás por ahí? ” reconocí la voz enseguida. Cuando estuve reclutado para las guerras del norte hice muchos amigos, pero había uno en especial, también hijo de la región, que fue mi compañero y amigo durante meses. “ ¿Iván? ”, salí de mi escondrijo sin dejar de apuntar con mi arco, hasta estar seguro de lo que mis oídos no me engañaban. Cuando me acerqué un poco más, levanté la mano para que los demás supieran que no había peligro. Iván bajó del caballo y nos dimos un fuerte abrazo. “ Cuanto tiempo amigo, ¿a qué debemos tu visita?”. Iván cambió su sonrisa por un claro gesto de preocupación: “ Tenemos que hablar, las cosas se ponen serias ” . Me presentó a sus hijos y les indicamos que fueran a comer y beber algo al poblado. Llamé al consejo y nos reunimos en el árbol de Bolras. Les presenté a Iván y nos sentamos alrededor suya dispuestos a escuchar lo que nos tenía que decir. Iván era de Perímera, un pequeño castillo con un fuerte al noreste de la región, muy cerca de los acantilados, donde se une la montaña con el mar. Desde los doce años pertenecía al ejército, a muchos de nuestros paisanos no les quedó otra manera de ayudar a sus familias. “ Alguien les ha avisado de vuestras intenciones y situación, están preparando un pequeño ejército para terminar con el motín.” “ ¿Cómo te han dejado venir, tu perteneces a ese destacamento? " , dijo Korde extrañado. “ Hace tiempo que mi mujer murió y me tuve que hacer cargo de los niños”. Me levanté y puse mi mano sobre su espalda. “ El mayor como veis ya no necesita mis cuidados, es todo un hombre, el pequeño lo llevo a lugar seguro siempre que voy a alguna campaña. " Se supone que estoy en casa de mi hermana, pero he preferido traerlo aquí.” “ Pero si vienen en unos días a atacarnos ¿Por qué traes a tu hijo? ” Korde era precavido. “ Bien, ese es el segundo aviso que os tenía que dar. La mayor parte de los que conforman ese ejército son paisanos y están de nuestras parte, así que vendremos hasta aquí con el ejército y cuando todo empiece os ayudaremos a echarles, más seguro que aquí no estará.” Estuvimos varias horas hablando de la estrategia para ese momento. Tomó algo de víveres y agua y marchó con su hijo mayor camino de vuelta al fuerte. La rabia por la traición de alguno de los nuestros se mezcló con la alegría de saber que gran parte del ejército, los descendientes y herederos de los ancestros, estaban con nosotros. Reunimos a todo el mundo en el centro, en la plaza y les explicamos que iba a ocurrir y como debíamos reaccionar. Ahora nos tocaba prepararlo todo en un par de días, para empezar terminar con el resto de las estructuras defensivas. En la última llegada de exiliados vinieron un par de albañiles, hablamos con ellos para construir un pequeño muro en el perímetro. Tendría la altura justa para no poder ser saltado por un caballo y dispondría de pequeños huecos para lanzar nuestras flechas desde atrás. Ya quedaba poco por hacer en las viviendas así que casi todos ayudamos a recoger y acarrear las rocas del tamaño adecuado. Las distribuimos por la zona que marcaron y prepararon los albañiles, mientras el resto amasaba una especie de argamasa con el fango del fondo del lago y hierba seca del llano. Después de distribuir todo el material por el perímetro, tuvimos que mover las atalayas de madera varios metros para ponerlas junto al muro. Sin darnos cuenta, poco a poco, Bolras empezaba a crecer y se había convertido en uno de los poblados mas grandes de la región. De momento el consenso reinaba y la sensación de ser libres y nuestro orgullo de ser parte de este territorio sin nombre nos hacia más fuertes y nuestra convicción más firme. Pasados dos días el muro se terminó. Colocamos hogueras a su alrededor para que secara la mezcla y se fijara lo antes posible. Al llegar la noche ya estaba todo listo. La mitad de los hombres descansaban y la otra montaba guardia. Las mujeres, niños y ancianos descansaban en el almacén, para organizar la huida cuando todo empezara. Los hombres que descansaban ya dormían con sus armas y los de guardia hablaban con ellas. Solo nos faltaba el enemigo.

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