La unión perfecta. Parte final

El viaje pasó recopilando datos. Nos aseguramos que el avión que nos llevaría tenia wi-fi. El viaje pasó rápido entre estudios y anotaciones. Cuando llegamos teníamos el material necesario para empezar la búsqueda. Incluso Sefy se bajó una aplicación al móvil con miles de grafías antiguas por si teníamos que descifrar algún escrito. El largo viaje en coche lo aprovechamos para ir parando en diferentes poblaciones y seguir investigando entre las leyendas populares. Pudimos ir en otro transporte, pero era nuestro capricho hacerlo así. Las teorías sobre la ubicación de Agartha eran diversas. Todas eso si, hablaban de una cueva en mitad del desierto en la que mana el agua de las paredes y crece el musgo. Se supone que allí iban los iluminados y chamanes a hablar con los espíritus y con los dioses. Lo curioso es que en nuestras investigaciones hablaban de una entrada, pero no de que hubiese sido encontrada y no hacían mención a estos sacerdotes del pueblo. Eso nos animó a pesar de que las historias iban acompañadas de guardianes en la cueva. Semihombres, mitad de algún felino con una larga probóscide en forma de látigo con pinchos en vez de nariz. Llegamos al último poblado antes de que todo fuera desierto. Estaba atardeciendo y dedicamos las pocas horas de luz que quedaban en preparar la expedición. A la mañana siguiente partimos en dos vehículos todo terreno con dos paisanos que nos harían de guía. A los pocos días, después de haber parado en hermoso oasis, encontramos un pequeño acantilado de a panes cien metros de largo y unos diez de profundo. Su ancho casi se podía saltar y por uno de sus extremos se abría con una fuerte caída. Tuvimos que dar una enorme vuelta para poder llegar a la base. Llegando ya vimos algunos matorrales que sobresalían de la penumbra de la grieta. Los últimos metros los tuvimos que hacer caminando por la cantidad de rocas desprendidas que había en el suelo. La primera sensación al entrar en la grieta fue el cambio de temperatura. “ Baja el aire acondicionado tío “. Dijo Sefy y nos echamos a reír. La luz entraba por la abertura superior, pero según nos adentrábamos la vegetación era cada vez más frondosa y elevada dejándonos en penumbra. Sacamos las linternas y vimos una pared de ramas y hojas que nos impedía el paso. “Si hubiéramos sabido escalar ya estaríamos al otro lado “. Intentamos apartar las ramas al menos para intentar ver algo. Abrimos un pequeño hueco y metimos una de las linternas. La grieta se ensanchaba claramente y se atisbaba una especie de paso entre las plantas. Como no estábamos en la selva no llevamos machetes, esto hizo que desgastáramos nuestras navajas para hacer un paso. Cansados y con la noche encima entramos un momento a echar un vistazo y volvimos a los coches a comer y a dormir. Si encontrábamos más obstáculos necesitaríamos estar con fuerzas y descansados. Al día siguiente nos llenamos los bolsillos con pilas para las linternas y fuimos con ganas a seguir adentrándonos. Los caminos conducían hacia el interior de una cornisa que se encontraba dominada por la vegetación. “Ahí va a estar “. Estaba convencido de que el camino que estaba pisando era el que en su momento recorrieron los chamanes del lugar y conducía justo allí. Arrancamos todo y lo único que encontramos fue la pared de roca. Pero uno de los guías nos avisó de algo. Señalo su pie y movió la puta. Vimos como ligeramente la arena dibujaba un angulo de noventa grados junto a él. Nos tiramos al suelo y empezamos a escarbar con las pequeñas palas que traíamos. Era una losa grabada en la que ponía Shambala. Era allí. Shambala era la capital de Agartha y la ansiedad y el nerviosismo por el hallazgo nos inundó. Uno de los guías fue al coche a por algo para hacer palanca. Cuando se abrió el olor a humedad y a algún perfume fue lo primero que sentimos. Al iluminar al interior se veía y las rocas verdes por los hongos y se escuchaba un pequeño arroyo fluir. Era tal como los paisanos lo describieron y nos acordamos del guardián. Todos los tesoros los protegen invenciones e historias para mantener alejados a los saqueadores. Aún así entramos con miedo y alerta. Era una sala que me recordó a una estación de metro. A un lado y a otro dos zonas de roca pulidas por las subidas del agua y en el centro el arroyo. Al iluminar al fondo vimos una pequeña escalera labrada en la roca. Miramos a su final y había otra pequeña sala en forma de sótano. Había diferentes huecos con pequeñas cajas, se podía leer el nombre de Gengis en todas partes. Cada caja contenía al parecer los restos de diferentes seres vivos. Había algún antepasado, pero sobre todo animales seres a los cuales el gran conquistador profería admiración. Al ver el nombre, curiosamente en castellano, que nombraba una de las cajas lo entendí y también entendí el porque del tamaño. Empezamos a entenderlo todo, el interés de Gengis y el pueblo mongol en él, la mentira que acompañó a sus restos cuando vieron que no estaban bajo su lápida y el interés de esta sociedad oculta y de alguna parte del clero en resarcirse de aquel error que cometieron por oro manchado en sangre. En la caja ponía Babieca. Volvimos a la catedral de Burgos con los restos del caballo y en una memorable ceremonia los pusieron junto a los del Cid y la espada tizona. Sin duda alguna una unión perfecta.

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