viernes, 28 de noviembre de 2014

Bolras Cap.1º

Íbamos al galope, lo más rápido que podían los caballos. Huíamos de una avanzadilla de soldados, que se empeñaron en confiscar nuestra comida, agua y monturas en nombre del rey. Estábamos acampados, cazando algunas piezas para alimentar a nuestro pueblo, el problemas es que todos los animales y personas que viven en esta región pertenecen al rey. Eso nos convertía en delincuentes, le estábamos robando, y los soldados quisieron cobrar la afrenta en su nombre. Hubiera sido mejor pagarles allí mismo y olvidarnos, pero querían todo, incluso nuestras pertenencias. Si nos llevaran ante el rey nos cortaría la mano, o algo peor. Preferíamos la muerte, por eso para escapar sesgamos el cuello de uno de ellos, y el pie derecho de otro, subimos rápido en las monturas y salimos al galope. Corrimos en dirección contraria a nuestro poblado, para evitar represalias y sin las piezas que tanto nos costó conseguir, las tuvimos que dejar allí, junto al otro cadáver y al que lo sería. Menos mal que no había ningún arquero, si no nos cogían no podrían hacernos nada, además nuestros caballos estaban más acostumbrados a los pedregales y senderos de montaña. * Cuando vieron que sus monturas no daban para más, dieron la vuelta a paso lento hacia donde quedaron los cuerpos de los animales y sus compañeros. Nos detuvimos, pero no bajamos de los caballos, no nos fiamos nunca de los soldados, y empezamos a pensar que hacer. Eso no podía quedar así, seguramente que nos perseguirán sin descanso días, semanas o meses, incluso años. También cabía la posibilidad de que descubrieran nuestra procedencia y el poblado entero pagaría nuestra culpa. Dos soldados muertos, bueno uno y otro muy mal herido y además robando al rey. Decidimos dar la vuelta y reclamar lo nuestro. Y si era necesario matar a todos lo haríamos, solo éramos tres, pero más valientes y teníamos arcos, eso nos hacía poderosos en el sigilo. Nunca pensarán que volveremos a por nuestras piezas y nuestro carro, y menos aún que les daríamos caza a ellos. Ya nos daba igual, lo importante era alimentar a nuestro poblado, nuestras mujeres e hijos, y a nuestros mayores que siempre nos procuraron alimento y protección, ahora nos tocaba a nosotros. Les empezamos a seguir, controlando siempre su situación y aprovechando el superior conocimiento del terreno que teníamos. La persecución fue larga y el lento regreso hizo que casi entrara la noche antes de llegar a donde empezó todo. Tras la vegetación nos ocultamos y observamos. Uno de ellos desplumaba un pavo silvestre de los que cazamos, pensamos que así tendríamos la cena hecha. Dos soldados cavaban sendas tumbas, y otros dos recogían el cuerpo del degollado. El jefe de la cuadrilla estaba sentado observando a otro de los soldados como hacia un fuego. El que perdió el pie yacía con un torniquete sobre el tobillo, la cara pálida e inexpresiva y los ojos abiertos como platos. Tenía los brazos entrelazados, lo último que sintió fue frío. Era el momento, todos distraídos sin imaginar que les acechábamos. La primera flecha atravesó la cabeza del jefe por el ojo izquierdo, cayo hacia atrás ya muerto. Las otras dos fueron para los cocineros, uno por la boca y otro en el cuello, estos quedaron en el suelo agonizando, uno ahogado en su propia sangre y el otro se retorcía entre convulsiones. Bolras salió espada en mano contra los de las tumbas, Jolu y yo arremetimos contra los otros dos, los cuales cayeron casi al instante estoqueados en el pecho, estaban desarmados. El problema lo tuvo Bolras, después de seccionar la nuca de uno de ellos, el otro se dio la vuelta rápidamente y le golpeó con la pala en la cabeza cayendo al suelo y dejándolo inconsciente. Jolu sacó su daga y la lanzó contra el soldado acertando en el hombro, lo que no le detuvo para golpear de nuevo, ahora en el suelo, la cabeza de Bolras, esparciendo todo tipo de fluidos que le salían por nariz y boca. Me lancé sobre él cargando todo mi peso, cayó de espaldas, la daga terminó de atravesar el hombro y con ello mi mano izquierda, Jolu agarró con fuerza su espada y le decapitó, luego partió por la mitad la cabeza inerte del soldado, viendo a su amigo muerto. Bolras murió por un despiste, ataco a quien no estaba armado, si hubiera atacado primero al que tenía la pala no le tendríamos que enterrar también. Yo me levanté con la mano ensangrentada y un dolor horrible, cogí mi espada y la clave entre los ojos del cocinero que aún convulsionaba, un poco de humanidad en esta sangría no estaba de más. Primero enterramos a Bolras, le dimos honores, como merecía, una breve oración por su alma, y amontonamos los cuerpos de los soldados en otra tumba diferente. La piezas cobradas durante la cacería seguían sobre el carro, menos el pavo que ya desplumado y lleno de diferentes sangres y otras secreciones, fue enterrado junto a los soldados. Pensé que era su última cena y sonreí. Debíamos darnos prisa en ir al poblado, no creo que tardaran mucho en echar de menos a los soldados. Calculamos que entre cuatro y cinco días para que empezaran a buscarlos. Recogimos todas las armas y armaduras, que ya despojamos de los cuerpos y las echamos en el carro. Las monturas también, todo los que nos fuera de utilidad y no dejar ninguna pista de lo ocurrido. Emprendimos el lento camino de vuelta con nueve caballos más y sin nuestro amigo Bolras. Al llegar al poblado en el centro del territorio hablamos con el consejo. Esto no traería nada bueno para la región, y la mayor parte de las sospechas recaerían en los poblados más cercanos a la última zona donde fueron vistos. En vez de apoyarnos nos sugirieron que nos fuéramos lejos, que traeríamos la desgracia al poblado por lo que hicimos. Intentamos razonar con ellos, buscar una solución. Pero finalmente nos mandaron al exilio. Cuanto más hablábamos, más fuertes eran sus miedos. Recogimos a nuestras familias, tanto Jolu como yo y la familia de Bolras que nos siguió. También vinieron Tony, Korde, Sefy y sus respectivas familias, mucho compartido para no seguir haciéndolo. Y los amigos y familia de Jolu. En total diez familias: tres ancianos, doce hombres, once mujeres, cuatro adolescentes y siete niños. Formábamos una caravana para fundar en el exilio, por querer sobrevivir. Emprendimos camino a la montaña, a unos hermosos llanos justo en la ladera, muy cerca de la protección de los recovecos y cuevas que conocemos de nuestros días de cacería. Nos despedimos de quien no nos odiaba, y nos fuimos. Ahora empezamos nuestra propia historia.