El conformista

Desde mi posición podía ver las copas de los árboles que brillaban con el sol y sus hojas soltaban al aire hermosos destellos ayudadas por el viento. Las urracas se gritaban las unas a las otras y pasaban fugazmente frente a la ventana. No había ni una nube en el cielo, un perfecto día para pasear. Podía oír a los niños jugar, era divertido cuando discutían a gritos por cosas sin importancia ni sentido, y me hacían sonreír. Se escuchaba de fondo un río cercano, y su humedad traía tonalidades de jazmín y de rosa. Era un hermoso cuadro lleno de vida. El de toda la vida en mi cárcel de sabanas y jeringuillas, esperando el cambio de turno y de postura para dormir mirando al techo.

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