martes, 18 de noviembre de 2014

Entra taza y taza

Al llegar a mi destino, lo primero que pude ver, no por su cercanía sino por su majestuosidad, eran las imponentes torres de la entrada principal. “No cabe duda que será la referencia para el primer paseo por la ciudad”. Me debatía entre ir primero al hostal o dejarme atraer hacia su belleza deslumbrante. Decidí lo segundo. Mucho tiempo hace que no caminaba por estas calles estrechas, sorteando a la gente y las motocicletas. Era temprano y aun mi estómago no había recibido nada, empezaba a protestar. “Tiene narices que lo primero que tengo que hacer aquí sea meterme en un bar”. Un café, solo eso, para no perder ni un minuto más en algo que no sea disfrutar de este lugar. Mientras caminaba hacia mi destino, el acento característico de la gente con la que me cruzaba me acompañaba en un viaje paralelo en la avenida de mis recuerdos, alejados en el tiempo pero que, durante algunos instantes, se mezclaban gracias a un detalle, expresión, color, olor o sonido. Llegando a la Catedral olía más a mar, a salitre y algas. El sonido de las olas, las gaviotas, los niños jugando, todo junto se convertía en una sonata ya oída, y que sin dudar la haría parte de mi banda sonora vital. El viento era fuerte y templado, como queriéndome ayudar a soportar el calor pegajoso e irritable que intentaba, a toda costa, que desistiera. Me pare frente a ella, un minuto, eso es todo lo que necesitaba mi alma. Y me fui. Llegue al hostal, la típica casa del casco antiguo, estrecha y desconchada, tapizada en su interior de azulejos y geranios. Olía a clavos y laurel, también se distinguía el limón y el vinagre, el comino y el romero, más recuerdos, más nostalgia. La escalera hasta la habitación era angosta y desgastada, me pregunte cuantas personas y años pasaron por ella. Deje la mochila, me duche y a pesar del cansancio bajé la escalera y empecé de nuevo a caminar sobre el empedrado y sobre mis recuerdos. De camino a la Catedral relacione olores con lugares, “Hay que comer algo”. Nuevo referente un olor, uno muy especial y fácilmente reconocible, que durante mi anterior paseo casi hizo que me detuviera con más fuerza aun que mi cansancio. Llegue allí con la multitud, las conversaciones jocosas y las risas, vasos y platos golpeando temerosamente contra la barra y las mesas. Una gran vitrina albergaba mi deseo, todo entremezclado, dorado, caliente y emanante, que estimulaba todos mis sentidos, bueno todos no, para eso faltaban cinco números y una copa de vino blanco, amargo, pero que dejaba en cada sorbo un legado de tonalidades, algunas de ellas dulces. Llegó mi turno. Variado, de todo un poco, en bandeja metálica. Iba alternando, mi paladar no cabía en sí de placer. Otro café, y un sueño que amenazaba mi gran día, de feliz melancolía. La playa, no puedo pasar por aquí sin visitarla, sin por lo menos meter los pies en el agua y sentir la arena caliente y estimulante. Teatro Falla, gran encuentro, otro de tantos en mis paseos de hoy. Los grandes ficus milenarios, los seres vivos más viejos, los que si pudieran hablar contarían historias de Príncipes Árabes y asedios repelidos, de libertad y derechos de hermosura y tenacidad. “Que grandes y bellos. ¿Cómo es posible sentir tanto respeto por unas plantas?” Incluso hasta el punto de ponerme en su lugar. Crucé la avenida hasta el paseo; tras un muro de apenas medio metro, pude vislumbrar el mar, que tras la arena amarilla y brillante, mostraba su gran paleta de verdes y azules, en la tranquilidad de la caleta, protegida por dos castillos de los piratas y de las olas. “Me he de tumbar, un par de horas”. Lo necesitaba si quería seguir disfrutando de hoy. Camine por la pasarela estrecha de piedra que cruzaba el océano hacia uno de los castillos. La bajamar estaba casi en plenitud y dejaba ver las rocas moldeadas por la eternidad y el mar. Tras una breve visita tocaba regresar. Ya casi con el sol despidiéndose, tomé una escalerilla de metal, oxidada que descendía empinada y que terminada en una roca. Todo el camino de vuelta lo hice sobre el mar, sobre los pedazos mar que la marea dejo para que contemplara parte de su fauna, bodiones y camarones, cangrejos y pequeñas caracolas, que huían de mí y de mi sombra. De vuelta al hostal di un rodeo, me perdí, lo deseaba y lo conseguí. “He de regresar, mañana termina mi sueño”, pero ha sido esponja y papel en blanco, he restaurado mis recuerdos y los he actualizado. Me iré pero no entero, siempre me dejo algo, lo que ella quiera. Por qué siente que este es mi sito y que soy desafortunado. La razón me lo explica y lo entiendo pero el corazón me da la razón. “¡Buenos días hermosa dama! Es temprano ni los perros, ni el llanto de un niño, ni un vehículo. Esta ciudad no tiene prisa, “he de aprender, me la traje de allí”. Antes de viajar otro café. Mi feliz día terminará así, entre taza y taza.