miércoles, 26 de noviembre de 2014

El orgullo de Bolras.

Que calor hace aquí. Llevábamos dos semanas destacados en el sur de la región. Junto a la desembocadura del gran rio Goday en el mar. La razón de que estemos tan lejos es proteger la frontera de nuestros “amigos”. Hace un tiempo, mi señor, el Duque de Bolras, discutió fervientemente con el Rey. Este empezó a exigirle también a los nobles algunos impuestos y mi señor se negó. En ese momento el Rey se enfadó, pero no hubo conflicto, ya que el Duque le tenía cedida su guardia personal, los mejores hombres de Bolras. Tuvo que hacerlo porque la capital se encuentra muy al norte, casi en la frontera. Las relaciones con nuestro vecino eran buenas, pero el hecho de que estuvieran en conflicto con un antiguo aliado, hizo que el Rey quisiera tomar precauciones y concentrara gran parte de su ejército en la zona e indicara a los nobles que enviaran sus mejores hombres para reforzar su guardia personal. Eso apaciguó las aguas un tiempo, pero al terminar el conflicto en el norte, y normalizarse las cosas, el Rey reunió a toda la nobleza. En aquella reunión se debatió de nuevo el tema de los impuestos, casi todos los nobles accedieron, pero mi señor no estuvo de acuerdo y el Rey ya sabiéndose a salvo monto en cólera y ordeno al Duque y a su Guardia que se marcharan inmediatamente. Les advirtió que si no le daban un diezmo a sus emisarios mandaría al ejército. La amenaza era seria, y mi señor lo sabía, pero no estaba dispuesto a entregar ese diezmo en una de las peores cosechas del año. No iba a permitir que su pueblo pasara hambre para que el Rey fuera más rico y sus vasallos se alimentaran bien. El ducado de Bolras ha sido gobernado por su familia desde que los hombres recuerdan, y el pueblo es leal porque nadie paso penurias nunca allí y bajo su gobierno no sería la primera. Siempre fueron justos y rectos, ganándose el respeto de todos sus súbditos. Ahora tendría que reflexionar al respecto. Pasada una semana llego el emisario con diez soldados y un carro. Venia dispuésto a volver con los impuestos. Fred, nuestro señor, se reunió con él. A los pocos minutos, el emisario salió trastabillado y acabo por caer al suelo, Tras el salió Fred, enfurecido, con la cara desencajada, “No puedo permitir tanta arrogancia y menos de un simple emisario, vuelve con el Rey y dile que si quiere su diezmo que mande a alguien con compostura, o que venga él”. El emisario recogió su libro y salió del edificio en silencio pero aprisa. Hizo un gesto a los soldados y sin apenas reponer fuerzas salieron del castillo de vuelta a la capital. El Duque reunió a sus oficiales sin demora. Después de una breve arenga, los oficiales de rango bajo salimos de la sala, y quedaron Fred, sus consejeros y los generales. Los demás estuvimos esperando órdenes. Pasadas un par de horas, citó de nuevo a los oficiales, esta vez al alba y solo con los generales. Mañana sabremos qué suerte nos depara. Me levante un poco cansado, casi no dormí. Llegamos a la sala del consejo, otra vez. A todos nos asignaron batallón y destino. El Señor no se fiaba del Rey y quiso distribuir sus tropas por el territorio. El rio Goday bordeaba la frontera oeste y parte de la norte, el resto daba al mar y a una cordillera. La zona de costa estaba ya protegida por las fortalezas remozadas y reforzadas, ante una anterior amenaza. Y en las montañas tan solo dos pasos escarpados, por los que un ejército que fuera capaz de tomar el castillo tardaría meses y podría ser fácilmente detenido. El problema estaba en los puentes que daban paso al condado de Marrion y que cruzaban el gran rio. Su gobernante era primo del Rey y un leal servidor, era una amenaza importante. Tres eran los puentes, me destinaron al más al sur, junto al mar. También teníamos la misión de reclutar en los poblados desde el primer puente hasta la costa. Formé a mis hombres al salir de la reunión y les informe de la misión. Les ordené que pasaran la tarde con su familia, porque el tiempo de la misión era indefinido e igual tardaríamos mucho en volver. Les mentí, bueno no del todo, pero no les dije que una posible guerra se avecinaba y que igual algunos de nosotros no volveríamos nunca. Y aquí nos hayamos, junto al mar. Mis doscientos jinetes, veinticinco reclutas, la cuadrilla de intendencia con sus carros y yo. Por el puente solo pasan campesinos y apenas vimos movimiento de tropas al otro lado. Los días pasaban haciendo rondas de guardia, patrullas por la vereda del rio y formando a los reclutas. A veces visitábamos las cantinas del poblado cercano. Estábamos convencidos de que era una medida preventiva, y pensábamos que lo más seguro es que no pasara nada, que hablarían entre ellos y no se derramaría sangre. En el fondo creíamos que solo era cuestión de tiempo que nos mandaran de regreso a casa. Una estela de polvo se veía en el horizonte, alguien venía a gran velocidad por la llanura. Según se acercaba distinguimos el estandarte de quinto batallón, eran los compañeros apostados en el segundo puente, el más cercano a nosotros. Esperamos pacientemente su llegada. Entro en el campamento sin bajar el ritmo, saltó del caballo al llegar a mi posición. “!Señór estamos siendo atacados, necesitamos ayuda inmediata!”, estaba jadeando y tenía cara de estar muy asustado. “Son más de diez a uno debemos partir cuanto antes”. Ordené a mis soldados que se prepararan para la batalla, todos incluidos los reclutas e intendentes. Si el paso intermedio era ocupado, no servía de nada que estuviéramos aquí. Calcule, sabiendo que en el paso intermedio eran cerca de seiscientos hombres entre caballería e infantería, que nos enfrentábamos a unos seismil. Antes de salir uno de mis hombres me indico que mirara al rio, la visión fue descorazonadora, bajaban cuerpos flotando, junto a restos de la batalla. Se me encogió el estómago, ahora si me lo creía y toda la teoría ahora la pondríamos en práctica. Algunos de los míos habían luchado ya contra bandidos y maleantes, pero la gran mayoría nunca. Unos por su juventud y otros porque no se dio el caso. Todos hicieron prácticas con compañeros, pero eso no me tranquilizaba. En la dantesca imagen del rio me acompañaba uno de mis ayudantes y hombre de confianza. Me advirtió. “Es mejor que los muchachos no vean esto, les haré formar tras la loma”. Ya formados y listos, les dirigí unas palabras de ánimo y partimos. Las columnas de humo nos indicaban la ubicación de la batalla, era justo en uno de los poblados que había junto al rio y donde reclutamos a diez de los chicos que nos acompañaban. No podíamos ir más deprisa, los carros de la intendencia nos ralentizaban, pero dejarlos atrás sería dejarlos a su suerte, y eran mi responsabilidad y nuestro sustento. Según nos acercábamos empezamos a sentir olor a quemado, a diferentes cosas quemadas y al subir una pendiente hacia el llano lo empezamos a ver. Nuestros compañeros yacían en el suelo junto a los enemigos y algunos campesinos que intentaron seguramente defender a sus familias y sus casas. Las mujeres lloraban a sus muertos mientras los cargaban en carros, y los alejaban del poblado a una gran pila ardiente. No había tiempo para el dolor. Los compañeros oriundos de allí salieron de la formación buscando a sus familiares. Solo ellas sobrevivieron. Al ver venir al enemigo, era costumbre mandarlas a lugares secretos, y protegerlas, sin ellas no habría futuro. Solo viendo su reacción tras la batalla, apagando fuegos, deshaciéndose de los cadáveres para evitar infecciones, manteniendo a los niños en el escondite para que no presenciaran tanta destrucción y socorriendo a los heridos, me hacía sentir orgulloso de ellas. Pero ya no tenían tiempo para llorar y lamentarse, había cosas más importantes que hacer, incluso algunas limpiaban y amontonaban las armas y armaduras que se podían utilizar otra vez. Ordené a los diez chicos que se quedaran allí con ellas y las ayudaran a cuidar de los heridos, a proteger lo poco que les quedaba en su poblado y reconstruirlo. También ordené al oficial intendente que dejara parte de nuestros víveres, y de agua potable. Partimos siguiendo el rastro que dejaban los enemigos. Pensé en la inevitable batalla, y en si llegaríamos a alcanzarles antes de que llegaran al castillo. Pero me acorde que en el camino había otro poblado, y me entro angustia. Quinientos de mis compañeros entre infantería y caballería. Y los habitantes, niños, mujeres y hombres como los que vi yacer, hombres que no usan las espadas, las hacen, que no destruyen casas, las crean o que cultivan los campos no que los queman, los quince chicos que sacamos de allí, y Recordé también la tenacidad de esas mujeres, que pese a la perdida de sus maridos e hijos, le daban prioridad a la vida que aun continua, sin parar de luchar. Pedí a mis hombres que aceleraran el ritmo. Iba de arriba a abajo de la formación lanzando palabras de aliento e invocando divinidades. Cuando sugerí dejar atrás los carros de intendencia, mis oficiales se acercaron para tranquilizarme. Me hicieron entender que los necesitábamos con nosotros y que por mucho que corriéramos no llegaríamos a tiempo, y cansaríamos a las monturas. Reflexione, y aunque no podía dejar de pensar en esa pobre gente y en mis compañeros, tenía que ser inteligente y utilizar las ventajas que teníamos. Ellos no sabían que estábamos tras su paso, y éramos más ligeros. Antes de que lleguen al castillo les cogeremos. Otra columna de humo, antes de subir a la explanada donde se encontraba el siguiente poblado, mande cargar a la tropa. Al llegar allí la misma escena, otra vez los cuerpos mutilados y mezclados entre sangre y cenizas, pero sin las mujeres. Ordené a mis hombres que pagaran los fuegos, y que buscaran supervivientes. Mande una patrulla a inspeccionar la zona, no quería sorpresas. En ese momento empezaron a salir, seguramente pensaron que éramos partidarios del rey, y fueron precavidas. Me fijé en una, la que les decía que tenían que hacer, la que levantaba a las desconsoladas, y la primera que entre llantos subía a su hijo al carro. Me acerque a ella y la anime a que dirigiera el poblado, “Nosotros nos hemos de marchar, siento no haber llegado antes”, “Gracias, pero aunque hubierais llegado son muchos más, habría sido inútil”. Ordene a los quince chicos que se quedaran para ayudar y a mi intendente que dejara víveres y agua. Seguimos nuestro camino. Lo siguiente era el castillo, mande tres exploradores para conocer la posición del enemigo y trazar una estrategia. Esperaba ese dato para reunirme con mis oficiales. Sabíamos que gracias a las vidas perdidas estaban diezmados. La noche se echaba encima nuéstra, y los exploradores aun no regresaron. Montamos el campamento antes de que la oscuridad no nos dejara ver, y limite los fuegos que se harían, para cocinar y poco más. No quería que nos localizaran. Justo cuando apagamos los últimos fuegos, y repartimos las guardias, llegaron los exploradores. Me indicaron que el ejército del rey se encontraba acampado muy cerca del castillo y que por el norte entraron algunos enemigos más. Están tras el Monte, junto al bosque. Me reuní con mis oficiales y trazamos la estrategia, siempre penando que éramos invisibles. “Señores, con vosotros he vivido, y con vosotros moriré”. Juntamos las manos y nos conjuramos a que mañana seria nuestra primera o nuestra última batalla. El sol no había salido y ya estábamos en camino. Se quedaron los carros, haríamos menos ruido. Aun así íbamos despacio, sin levantar polvo, ni hacer ruido. Tomamos el camino por la vereda del rio arropados por el bosque. Y poco después nos adentramos en él. Bajamos de los caballos y esperamos pacientemente a que la batalla comenzara. El enemigo ya estaba organizándose en la explanada y la primera línea de defensa de Fred también. Uno de mis hombres hablaba con su caballo, le decía que fuera el más veloz, que él le protegería y que saldrían de esta, y le abrazaba con fuerza . Otros rezaban mirando el cielo, recordando a sus mujeres e hijos, mientras escuchaban los gritos de dolor y los sonidos metálicos de las espadas en el campo de batalla. Otros revisaban una y otra vez su equipo. Sabían que hoy matarían y morirían. Me reuní de nuevo con mis oficiales. Teníamos que aprovechar que éramos invisibles hasta el momento. Ni el duque sabía que aún vivíamos y menos que entraríamos en batalla. Decidimos esperar a que estuviera avanzada, y parecer por detrás y por sorpresa. Expliqué la estrategia a mis hombres y les pedí paciencia. Les recordé los horrores que había causado el Rey y su ejército, y el gesto les cambio. La rabia en ellos ahora era todo lo que tenían hasta que terminara la batalla. Y en vez de asustados estaban impacientes. Los sonidos de horror eran nuestro aliento, estábamos preparados. Pasada una hora, las tropas del rey tenían varios tramos del foso tapados con tableros para formar puentes, los arietes se acercaban peligrosamente a la puerta principal. Toda su infantería estaba esperándolos, cubriéndose con los escudos de la lluvia continua de flechas. Era el momento. La caballería enemiga estaba muy disminuida y esperaba también la acción de los arietes. Hice una señal para ocupar las monturas, y volví a arengar a mis hombres. Dimos la vuelta al bosque por la vereda del rio, esta vez al galope, y les embestimos por la espalda. No estaban preparados, aún se recuperaban de los primeros ataques. Algunos de ellos no tenían ni las armaduras puestas, y la mayoría se habían bajado de sus monturas o soltado sus armas en el suelo. Vi al Conde que subía apresuradamente a su caballo, lo hice objetivo, otra vez vi los poblados destruidos y sus habitantes muertos y quise matar, pero antes de que le alcanzara fue atravesado por la lanza de uno de mis jinetes, igualmente le estoqueé. Cayeron enseguida, y sin apenas bajas. Pero no nos detuvimos, enfilamos la pendiente y cargamos contra la infantería. Al vernos llegar muchos se dieron la vuelta con sus escudos quedando a merced de las flechas, eso hizo que la cobertura de los arietes fuera mínima y también cayeron. Lanza en ristre nos echamos encima. El Duque al ver nuestro avance detuvo a los arqueros, ordenó abrir las puertas e hizo cargar a su infantería. Los enemigos viéndose acorralados y sin líder, ya no luchaban, intentaban salvar la vida corriendo sin orden ni dirección y eso les costó. No tuvimos piedad recordando todos esos hombres inocentes muertos, y el dolor y sufrimiento de sus mujeres e hijos. Murieron por nuestras espadas y lanzas, pisoteados por nuestros caballos y acuchillados por nuestros compañeros. El Duque ordenó a su guardia personal que diera caza a los que querían escapar. Lo mismo dije a mis jinetes. No dejamos a casi ninguno. No había remordimiento. El responsable de todas estas muertes es el Rey. Esto me dejo claro que las cosas en el reino cambiarían. Ya hace tiempo que el Rey y el Duque mostraban diferencias, y se oía hablar que por la cabeza Fred, pasaba la escisión como solución a los problemas. Este era el momento de independizarse. Debía reunirse con sus generales y consejeros otra vez. Yo y mis hombres, fuimos a descansar a la cantina. A celebrar nuestra victoria y sobre todo a enorgullecernos de nuestra hazaña. Fuimos pieza importante para la derrotar a las fuerzas del Rey. Bebíamos mis oficiales y yo en una mesa apartada, rememorando cada detalle de la batalla y la valentía y arrojo de nuestros hombres. Empezamos a divagar sobre la decisión que tomarían en el consejo. Seguro que refuerzan las fronteras y volveremos a ser independientes, o quizás preparen una invasión. Eso era menos probable. El Rey habría dejado gran parte de su ejército para cubrirse, de hecho el que derrotamos era en su mayoría el del conde, y no creo que estemos ahora mismo en condiciones de hacerlo. Tampoco en condado, demasiado territorio para defender. Pasado un tiempo entraron dos guardias del Duque, y me nombraron. Se acercaron a la mesa. “Mi capitán, requieren su presencia en la sala del consejo.” No me sorprendió. Les dije a mis oficiales que vinieran conmigo. Al llegar a la sala, Fred no pregunto porque entraron también, solo me miró y sonrió. Giro lentamente la cabeza, mirando a los ojos a cada miembro del consejo y a sus generales mientras me señalaba con la mano. “Aquí esta nuestro nuevo comandante y sus tres capitanes”. No sabía que hacer ni que decir en ese momento, oí unas leves carcajadas y unos susurros de mis compañeros. “Hoy fuiste nuestra luz, cuando Bolras perdía la fé, apareciste de la nada y nos diste la victoria. Este pueblo te debe un obsequio. Dime que deseas”. “Mi señor, me gustaría hablar primero con mis compañeros”. Asintió. Yo ya sabía lo que quería, lo supe estos días. Pero quería contar con ellos, sin ellos y sus consejos, no lo podría haber hecho. Poco nos costó decidir, parece que todos pensábamos lo mismo. “Disculpe mi osadía, pero después de lo ocurrido, supongo que no habrá más relaciones con el reino”. “No es una osadía, es un hecho. No podemos seguir formando parte del reino, no después de esto”. “Entonces nos gustaría volver a la desembocadura de Goday y ayudar a defender los puentes”. “Gracias en nombre de Bolras, marchad. Mañana tendreis la respuesta”. Nos despedimos con una reverencia y nos marchamos de la sala. Después de lo que nos dijo seguro que nos lo concedía. Ya nos veíamos junto al mar, rodeados de gente que lucha por la vida y no para matar. Defendiéndolos con nuestra vida y con convencimiento de los peligros que les acecharan. Seriamos felices. Volvimos a la cantina, y nos sentamos de nuevo. La conversación ya no era la misma. En vez de hablar de muerte, hablábamos de vida. En tan solo una hora, los guerreros astutos, y grandes estrategas, parecían padres de familia, de cualquier gremio, pensando en placenteras vidas frente al mar con su familia. Nosotros nacimos aquí, en la capital. Pero algo en estos días se nos gravo para siempre. Queríamos volver para ayudarlas a levantar sus vidas de nuevo. Aquellos chicos de los cuales en las formaciones nos reíamos y pensábamos que nunca serian soldados, ahora luchaban más que nosotros, pero en otra guerra. Estuvimos hasta las tantas bebiendo y soñando con el futuro. No escatimábamos en aportar esfuerzos, queríamos volver. A la mañana siguiente, a pesar de la borrachera, todos nos levantamos temprano. Esperábamos con impaciencia la decisión de nuestro “Rey” Fred. Fuimos a desayunar a la cantina. Y mientras lo hacíamos vinieron dos guardias del rey. “Mi comandante, debe estar antes de la comida en el jardín del palacete”. ¿Qué significaba eso? No lo sabíamos, pero era buena señal. No era la sala del consejo, era su casa. Ya sabíamos que nos lo concedían. Yo no tenía familia, pero mis compañeros sí. Se apresuraron en ir a sus casas y empezar a empaquetar todo. Dando la buena noticia a sus mujeres e hijos. Yo fui a casa también, y recogí mis cosas. Si nos lo dan lo desempaco y listo. Echare de menos mi casa pero tengo que marchar. Nos citamos en la plaza principal, justo delante del palacete. Íbamos con nuestras mejores vestimentas, afeitados y con el pelo cortado. Subimos la escalinata hacia la estrada. Una gran estatua de Belroes, ancestro de Fred, presidia la explanada del porche principal. Atravesamos la enorme puerta de madera noble, los saludos de los guardas, y nos dirigimos al jardín central. Allí estaba Fred, con su esposa y sus dos hijos, futuro de Bolras, el consejo al completo, y los generales. “Ven acércate”. Fui y me situé frente a él. “Hemos pensado en tu petición. Y frente a todo en lo que confío, te nombro general de Goday, te encargaras de dirigir la defensa de los tres puentes y su franja”. Ahora sí que no me lo creía. Es mucho más de lo que pensaba. Entendí que también me ponían a prueba. Que dejaban bajo mi responsabilidad toda la primera línea con el enemigo. Aun así acepte. Durante la cena posterior, estudie cuales eran mis responsabilidades, deberes y derechos como general, y nombre a mis tres amigos comandantes de puente. Solicite al Rey materiales de construcción y algunos albañiles, los ciento cuarenta Y siete jinetes que quedaban de mi batallón gran cantidad de víveres para las poblaciones devastadas y seis brigadas de infantería y arqueros. El Rey acepto, y prepare la marcha. Dos semanas tardamos en prepararlo todo. Salió la caravana al amanecer. En la entrada del castillo no había casi restos de la batalla. Solo unos cuantos albañiles y carpinteros, terminando de arreglar las defensas, una pila de huesos aún humeante y algunos restos de las torres de asedio, balistas y arietes, ya recogidos y apilados. Viajábamos con ilusión, pero sabiendo que la misión sería difícil. El camino se hizo largo por la impaciencia de llegar, y porque invertiríamos casi el doble de tiempo. Dos días nos costó avistar el primer poblado, junto al puente. A lo lejos se veían los campos de cultivo llenos de colores, las casas con marcas negras del dolor vivido, estaban de pie. Unos niños jugaban con espadas de madera a las afueras del poblado. Las mujeres trabajaban la tierra, ordeñaban, y alimentaban al ganado. Al entrar, vi a la mujer del herrero, arreglando las espadas, a la del carpintero poniendo una puerta y a los chicos, a los que tan solo dimos unas semanas de instrucción, enseñando a los pequeños a manejar espada y escudo. Todo funcionaba, sin patriarcas ni apellidos. Hable con la mujer, con la que me conmovió, y le explique de la importancia de que alguien organizara y fuera cabeza visible, y que ella era la más adecuada. No acepto sin la aprobación de las demás, todas estuvieron de acuerdo, aunque a los hombres que quedaron vivos, les tuve que convencer. Y advertí a todos que lo iba a supervisar, y que no toleraría injusticia ni discriminación. Empecé a organizar las defensas. Ordene a dos de mis comandantes que con dos tercios de mis tropas se adelantaran y reforzaran los otros dos puentes. Puse a los albañiles a trabajar en un fuerte. Lo situé sobre la entrada del puente, todo el que entrara y saliera de allí tendría que pasar por dentro de ella. Tardamos mucho menos gracias a la ayuda de las mujeres, hacían los ladrillos con el barro del rio. Talaban árboles y los convertían en vigas. No se cansaban nunca, y nunca ví tal tenacidad. Sabían que si el fuerte se levantaba, sus hijos estarían más seguros. Las que no ayudaban en las labores del fuerte se encargaban del resto. Incluso de cuidar de los hijos de todas. Parece que no necesitaban ordenanza, ya lo sabían. Pensé que en nuestro mundo de hombres, esto no sería posible sin alguien al mando. Terminado el fuerte, mande a la avanzadilla mandada por el Rey tras la batalla de vuelta a casa. Agradecí la ayuda y les despedí con honores. También hable con todos los pobladores niños incluidos, y les jure que no les dejaría a su suerte nunca. Que yo, y hasta el último de mis hombres darían la vida por ellos. Cogí diez de mis mejores hombres, los albañiles y nos fuimos. En todos los poblados vi lo mismo, mujeres que cuando parece que todo desaparece, que nada se puede hacer, asumen todo el dolor y todo el trabajo. Que consiguen perpetuar las costumbres, y sustentarse manteniendo las enseñanzas buscadas, no adquiridas, no se las enseñaron, observaron y las aprendieron. A la mujer del herrero le faltaba un dedo. Me contaron que estaba día y noche hasta conseguir una daga medio recta. Y que ahora un dedo menos y un par de cicatrices mas es una Herrera. La del carpintero ayudó a su marido toda la vida y sabía hacer, y tanto a su hijo como a su hija enseñaba como aprendices. Las mujeres del campo no las cuento, esas nacen en el campo. Con muy corta edad ya ordeñan su desayuno y muelen el trigo de su pan. Así todas asumían su papel, de forma natural. Habiendo construido tantos fuertes como puentes, aun hubo reyertas. No eran importantes, se centraron el atacar por la costa y el Rey Fred ya lo había previsto, ya que hizo taponar los dos pasos de montaña que entraban por el norte. Tenía ya reforzada la costa y todo solía quedar en casi nada. La tranquilidad duró unos meses. De nuevo más reyertas. Se fueron intensificando, ya eran casi cada día. Los niños aprendían a manejar el arco y cubrían turnos de guardia en los fuertes. Pero todo seguía fluyendo en el interior. Todo funcionaba como un reloj. No había soldado sin su rancho, ni niño sin su escuela, ni oveja sin su pasto y los soldados lucían siempre sus armaduras y vestiduras impecables. Siempre creí en ellas, desde el momento que las vi morir de dolor para dar vida. Es difícil olvidar lo vivido. Con el paso del tiempo, las relaciones con los vecinos se normalizaron. Sobre todo por el comercio y las pobre familias mezcladas sin pedirlo en la sinrazón de los hombres. La zona de la franja del rio Goday fue la más prospera. La economía y la cultura se convirtieron en la base de su gobierno, y las mujeres de la franja de Goday y todas aquellas que estando a la sombra pusieron todo su tiempo y su esfuerzo, en que todo funcionara, esas son, el orgullo de Bolras.