Ilusiones

Hola de nuevo. Teniendo en cuenta que hoy es el día contra la violencia de género, he decidido aplazar la publicación de “El orgullo de Bolras”. En su lugar colgaré un relato relacionado con el tema. Como siempre os digo, esperando que os guste. Un saludo.; - Lo primero que oigo por la mañana siempre, es la música de la radio despertador. Cada día me despierta una música diferente, de estilo parecido, pero nunca la misma. Tantos años y no recuerdo que hayan repetido ninguna canción. Eso habla muy bien de este programa, por eso me gusta. Apago el despertador y voy al baño. Me echo agua fría en la cara y me dirijo a la cocina a preparar el desayuno, mirando de reojo el reloj. Hoy el tiempo es el justo. Pongo sobre el fuego la cafetera, una cazuela con leche y dos rebanadas de pan en la tostadora. Abro por la mitad dos naranjas para hacer un zumo. Al terminar de hacer el zumo escucho un aviso, es el silbido de la cafetera. Su olor, el que le acompaña, viene salpicado de tostada. “Ya hay que sacarlas”. Mermelada de fresa y mantequilla están ya sobre la mesa. Saco la leche del fuego justo antes de que se salga, y la vierto con cuidado en el vaso. “Está muy caliente”. Dejo un pequeño espacio para un poco de agua fría, solo un poco, para que este a la temperatura perfecta y no pierda sabor. La cafetera hace rato que la apagué, pero aún humea. Solo un poco, para mancharla. Unto con perfección las tostadas, primero la mantequilla bien extendida y luego la mermelada. Con la mermelada no había norma, si era más mejor. Tenía calculado el tiempo para que enfriara un poco el café y la mantequilla se derretiría sobre la tostada entrando en su miga. Justo el tiempo para fregar la cazuela y la cafetera. “¡Se me olvidaba!”. Corrí a la salita donde tengo la tabla y la plancha. Saque corriendo la camisa del armario, casi no me daba tiempo. Eso lo fregaré luego. La planché lo mejor que pude, no quedo muy mal. Zapatos, un traje que este bien. Hoy hay reunión del consejo y la imagen es importante. Una corbata bonita, acorde con el color del pantalón y la chaqueta. Hice la cama y tendí la ropa sobre ella, como si estuviera puesta sobre un maniquí. Mejor que este todo organizado. La ducha ya está encendida, me voy a desayunar. Todas mis mañanas, las de casi toda mi vida, me las paso corriendo y siempre digo que me levantare más temprano, pero nunca se me dio bien programar ese cacharro, no quiero admitirlo y pedir ayuda. Echo sacarina en mi té y escucho un portazo. Otra vez se fue sin darme un beso. Tiene mucha prisa, me levanté tarde. La música del segundo despertador llenaba el ambiente con una hermosa canción de amor. Su letra y melodía combinadas hicieron que una lagrima callera por mi mejilla mientras recogía el baño. Que melancolía invocando los recuerdos de hace pocos años. Cuando hacia las cosas con ilusión y con ganas, para tener mi casa siempre perfecta para los dos, deseando que mi marido regresara del trabajo para estar juntos. Siempre nos gustó el cine. Él llegaba muchas veces con una película y un gran paquete de palomitas que había cogido en el video club. Una cerveza para él y un refresco para mí, sus zapatillas de estar por casa y una manta. Nos echábamos en el sofá, yo sobre su pecho, y veíamos la película casi sin movernos. Tenía la manía de tocarme el pelo, metía los dedos entre ellos y los movía de adelante atrás continuamente, me resultaba relajante. De vez en cuando agachaba su cabeza y me besaba la frente, a veces susurrando un te quiero, y yo le abrazaba con fuerza y suspiraba mientras le decía: “Yo a ti más”. Las tardes siempre las pasábamos juntos. Cuando no veíamos una película, íbamos de paseo o a tomar algo por ahí. Hablábamos de cualquier cosa, y compartíamos aficiones. La verdad que yo compartía las suyas, pero no me importaba mientras le viera feliz, incluso llegaron a gustarme algunas. El cine sobretodo, pero también el futbol y el senderismo. Me acabo gustando ir al campo, a cualquiera de ellos. El de futbol con toda esa gente me producía una sensación extraña, rozando el miedo, pero estaba el. Me agarraba de su brazo hasta llegar a nuestro asiento. Luego aprendí a disfrutar del partido, incluso sabía la alineación del equipo. A él le encantaba poder hablar conmigo de futbol, aunque a veces se acercaba al bar de debajo de casa para debatir sobre las jugadas y los futbolistas con otros hombres. En el otro campo era aún mejor, no solo porque me gusta la naturaleza, también era porque estábamos solos y solo tenía ojos para mí. Cuando terminaba la película recogíamos todo y mientras él se ponía cómodo yo hacia la cena. Cenábamos normalmente viendo la televisión, en la mesita pequeña o sobre unas bandejas. Solíamos ver el telediario y comentábamos las noticias. Otras veces, según lo tarde que se nos hiciera, cambiábamos de canal buscando algo que nos apeteciera. Nos gustaba mucho una serie cómica que en algún momento nos hizo atragantar, reíamos. Luego íbamos a la cama y hacíamos el amor. Me sentía tan bien, era tan feliz y todo tan perfecto, que otra lagrima mojo mi mejilla. Cuando nos levantábamos por la mañana, él iba directo a la ducha y yo preparaba el desayuno para los dos. Cuando había terminado ya venía vestido y listo, se sentaba hermoso, recién duchado y me gustaba verlo disfrutar de lo que yo con tanto amor le preparaba. Luego me lo agradecía, se despedía con un fuerte abrazo y un beso. “Estaba todo buenísimo, no vemos a la tarde, te quiero”. Yo recogía con tranquilidad la cocina, entraba una hora más tarde y me daba tiempo. Trabajaba en una guardería local, solo hasta medio día. Como me gustaba estar con los niños, son increíbles, todo lo que a ti no se te pase por la cabeza, les pasa por la suya. Yo quería también ser madre, pero era pronto y había mucha vida por disfrutar, sin tener que cargar aún con tanta responsabilidad. Siempre paso por mi cabeza, lo deseaba, pero bueno, él no quería y es cosa de dos. No podríamos ver una película tranquilos, ni salir al campo, bueno lo del futbol lo tenía a favor. Cuando en los grandes almacenes nos acercábamos a la sección de deportes, aprovechaba para enseñarle una la camiseta y el pantalón tamaño mini, de su equipo favorito. Yo sé que le gustaba, y que quizás, hubiera tenido un hijo solo para comprarle todo tipo de vestimentas deportivas, y sacarlo orgulloso los domingos al campo, con la camiseta de su futbolista favorito. Pero mejor así, disfrutando de nuestro tiempo y de nosotros. Después del trabajo, al llegar a casa, hacia comida para mí. Él comía fuera, tenía el horario partido y estaba a mucha distancia de casa. Comía tranquilamente y esperaba que me llamara para saber qué haríamos esa tarde. Los fines de semana estábamos todo el tiempo juntos y nos levantamos y acostábamos a la vez. Todo lo que hacíamos era en común. Al terminar de recoger el baño y la cocina, limpio el polvo y pongo una colada. Le gusta que este todo perfecto, y yo, que hace tiempo que dejé de trabajar, me encargo de la casa. No me importa y lo entiendo, pero con el tiempo cada vez mi espacio es más pequeño y el suyo más grande. Con esa y otras excusas ha grabado a fuego en mi mente mi rol en nuestro matrimonio y cuanto más se aleja de mí, más insegura y desvalida me siento. Ahora solo salgo por las mañanas a comprar, y comparto comentarios con otras mujeres como yo, algunas más dependientes todavía. Mujeres que por lo menos tienen a sus hijos para que alguien las quiera, otras aún amadas por sus maridos y otras que parece que todo les fuera bien. No es mi caso, cada vez estoy más sola. Mi familia vive lejos y mi marido lo está más. Llego a mi cárcel disfrazada de hogar, y no siempre me planteo todo esto. Solo sigo siendo la fiel esposa que espera a su marido en casa. Pero ya no con ilusión si no con miedo. Ya no llega con palomitas y unas películas, algunas veces no viene a cenar y otras pocas ni a dormir. Pero ya no le pregunto que hizo o donde estuvo, ya hace tiempo que no. Si lo hago se enfada y algunas veces incluso se le escapa un cachete. Eso me pasa por entrometida. Tengo que confiar, es mi esposo, el que antes veía hermoso y ahora veo terrible. Si la casa esta desordenada, si no le gusta la comida, o si la camisa no está bien planchada. Todo son excusas para cargar contra mí y repetirme hasta asimilarlo, que es lo único que tengo que hacer, que no valgo para otra cosa, que si no fuera por él tendría que volver con mi familia, familia chapada a la antigua que me recriminaría no haber sido una buena esposa. No puedo salir corriendo a cualquier sitio y ser libre. Mi mente no me lo permite. Siempre que lo he pensado ha salido mal, debería no pensarlo pero aún vivo de mis recuerdos y tengo miedo a su reacción. También porque cuando perdí el trabajo él me decía que no hacía falta, que con su sueldo bastaba, que me dedicara a la casa, que procuraría que me sintiera como una reina. Y ahora me veo, si bien con techo y comida, sin animo ni ganas para trabajar, y sin dinero para coger el primer tren. Porque cuando quise sacarme el carnet, el me juro que me llevaría donde necesitara, que el coche y su licencia era de los dos. Porque me juró que todo su tiempo era para mí. Porque me ha hecho tan cobarde que no me atrevo. Lo peor es que creo que aún le quiero. Cuando llega la noche siempre tengo algo de comer preparado, por si viene con hambre. La mayoría de los días viene del bar, o yo que sé de qué lugar. Le veo desde la ventana reír con sus amigos de tertulia, y luego transformarse en el más cruel cuando habla conmigo. Viene borracho y se masturba usando mi cuerpo. Yo lloro, pero no se da cuenta, porque no me mira a la cara. Pero no lloro por la violación, si no porque ya no hay amor, ya no busca mi placer hasta que le digo basta, ni me susurra palabras bonitas, ni se queda dormido abrazado a mí acariciándome el pelo. Se da la vuelta y no tarda nada en roncar, soy su pastilla para dormir. No se preocupa de poner un despertador, ya le despierto yo. No prepara su ropa, ya está planchada y limpia. No sabe si hay leche en la nevera, ni si tiene jabón para la ducha de mañana. Solo piensa en él, y yo vivo en la paradoja de no existir. Los fines de semana, cada vez con más frecuencia, los sábados vamos a ver a su familia. Yo lo prefiero, no quiero estar a solas con él, me da pavor. Cada vez está más irascible y yo más derrotada. También lo prefiero porque cuando estamos con gente se parece a sí mismo, e incluso recibo y deja que le de algún gesto cariñoso. A veces hace como que me hace el amor, aunque casi siempre acabamos igual, el borracho y yo llorando. Los domingos se levanta tarde, bueno, cuando le da la gana. Desayuna, mira la televisión y al rato se va al bar, a tomar el aperitivo. Yo me quedo recogiendo y limpiando. Hace tiempo que no me pide que vaya con él y me advierte que cuando suba tiene que estar todo perfecto y la comida hecha, si no se enfadara. No se da cuenta que siempre lo está. Luego se va al futbol, antes solo eran los partidos de casa, ahora va a todos. Y yo lo veo en casa sola, por si quiere algún día comentar el partido conmigo. Cuando juegan fuera hay días que ni viene a dormir y si viene siempre vuelve cansado. Cuando juegan en casa y pierden se mete en la cama y no quiere ni escuchar la radio, se queda dormido enseguida y yo no le molesto, cuando ganan escucha la radio mientras me hace llorar. Ni una victoria de su equipo ya comparte conmigo. Sé que esta vida que llevo no es vida, que si no me falta de nada, no tengo nada y que si sigo queriendo no soy correspondida. Pero no sé si el haber jurado que siempre le amaría está haciendo que no crea en el amor. Que el tiempo que he pasado en esta casa me parece toda la vida y que soy demasiado cobarde para cambiar de lugar. Que el hecho de tener una responsabilidad me aterroriza y me asusta buscarme un trabajo. Que poco a poco se quedó con mi energía, me hizo pequeña y vulnerable. La razón me dice que busque una solución, pero no puedo hablar con él. Una vez le reproche su comportamiento, y rompió una silla contra el suelo, con la cara desencajada de odio, y ahora casi solo le hablo cuando me pregunta. No quiero decírselo a nadie, por vergüenza u orgullo, ni yo misma me entiendo, yo ya no tengo orgullo. Mi familia está muy lejos, y me asusta que se pongan de su lado, ellos son así y no hay marcas. Me ayudarían pero por su cultura ancestral, seguro que cambiarían su forma de tratarme y en el pueblo hablarían y murmurarían haciéndome la vida imposible. Soy yo quien se va. Estoy atrapada por mis pensamientos, por mis recuerdos, por vínculos etéreos e inseguridades infundadas. Solo tengo que salir, pero no es tan fácil y otra vez soy yo. El día que vinieron mis hermanos me tuvieron que sacar arrastras. Lloraba desconsoladamente, como si me dejara allí la vida entera. Me eche atrás y me secuestraron. Llore todo el camino a casa de mis padres. Mi marido llamaba al teléfono varias veces al día. Siempre lo cogía mi padre y discutían, aunque mi padre aún no entendía bien porque me fui. Pocas semanas tardo en dejar de llamar tan a menudo, solo echaba de menos dominarme, no a mí. Su orgullo herido era quien lo hacía. Le decía que no le avisé, que estábamos bien, que me quería. Hace tiempo que hablábamos lo justo, el sí que estaba bien y ahí solo he querido yo. Un domingo su equipo jugaba en la ciudad cercana al pueblo; nadie de mi familia se enteró. Yo ya tenía a mis amigos de la infancia y a mis treinta y pocos años estaba recuperando la vida. Salí con una amiga a dar un paseo por la ciudad y lo vi. Iba desaliñado, sin afeitar y sucio. No me dio pena, ni sentí amor, ni quise en ningún momento acercarme a él. En aquella casa le veía poderoso, fuerte y magnánimo. Ahora, al salir de allí, era uno más, incluso menos que los demás y me di cuenta de que perdí toda mi autoestima, dominada insignificante, por el más insignificante. Sin mí no era nada y yo era muchísimo más de lo que me hizo creer. Sonreí sin miedo y me di la vuelta. Sugerí a mi amiga que fuéramos a tomar algo, no hasta tarde, que era domingo. En un local, aquel día en el que perdí el respeto a lo que temía, el mismo día que recordé quien era, ese mismo día me sentí libre. Libre de verdad, libre para no tener miedo, libre para el amor. Desde entonces abrí mi espacio y lo compartí, me relacione y amé de nuevo. Le cogí el teléfono y le hable, como si me debiera la vida y el honor. Le hable sabiéndole nada, por lo menos para mí. Volví a ser como era pero mejor, con más experiencia y ganas de aprender. Lo hice y no podía fallar, ya sabía qué no dejaría hacer. Ahora a mis más de cuarenta, sigo siendo feliz. Con mis dos hijos, mi pareja y mi trabajo. Con mis tardes de cine los cuatro, mis paseos por el campo en familia, mis domingos de futbol y mis noches de hacer el amor.

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