Exilio forzoso.

Ya casi no recuerdo ni las caras de mis hijos y de mi mujer, ni siquiera sé si estarán vivos. Hace más de dos años que salimos de la tierra buscando otro planeta para colonizar. La última guerra termino de destrozar la atmósfera y ya no crece nada que no esté a cubierto. Después de aquello la población mundial se redujo hasta quedar apenas unos millones. A pesar de ser tan pocos no hay alimento, y las tierras contaminadas y abrasadas por el sol, no dan nada. Los animales también están contaminados, como las personas. Si no encontramos donde ubicarnos lo antes posible todo terminará. Las conquistas conseguidas por el hombre en cualquier ámbito, desaparecerán. Era un viaje desesperado, pero que de momento estaba siendo en vano. Solo podíamos comunicarnos cada dos meses y el sistema no funcionaba bien desde hace tiempo, ya hacía más de seis. Nos encontrábamos en un desierto inerte, que si bien tenía una atmósfera adecuada para la vida y su temperatura era perfecta, no encontramos ni un solo indicio de que hubiera agua. Lo curioso es que veíamos en el horizonte gran cantidad de nubes, algunas oscuras que lanzaban enormes rayos contra el suelo. Decidimos avanzar hasta una gran cordillera que se podía distinguir a veces, cuando las nubes de polvo y los días claros lo permitían. Éramos diez, justo la tripulación necesaria para llevar la lanzadera, también un equipo científico y tres militares, en total quince personas, posiblemente las únicas que quedaban. Empezamos a pensar que las tres mujeres que venían con nosotros eran un tesoro y que tendríamos que protegerlas a toda costa, eran la última esperanza de nuestra raza. No llevábamos ni medio día de camino cuando empezó a cambiar la orografía, cada vez era más difícil hacer que la lanzadera avanzara entre las rocas. Acampamos muy cerca de un gran cañón que nos impedía seguir avanzando con todo el equipo y preparamos una avanzadilla para explorar la zona. Iríamos uno de los soldados, el oficial mecánico y yo que me encargaba de las comunicaciones, no tenía trabajo así que me presente voluntario. Cogimos algo de provisiones y agua y emprendimos camino en dirección a las montañas, con la esperanza de encontrar un lugar donde asentarnos. Avanzamos por un pequeño paso que bajaba hacia el fondo del cañón, mientras una gran y negra nube, poco a poco, fue cubriendo nuestra posición. No soltaba ningún rayo pero se podían oír los sonidos eléctricos en su interior y el pelo de todo el cuerpo se nos erizó. Seguimos bajando la ladera hasta llegar a un claro. De repente, frente a nosotros, cayó un enorme rayo que levanto una nube de polvo, no se veía a un palmo de distancia. Otro estruendo esta vez se oyó más cercano, dejó un pitido en mis oídos haciendo que el pánico se apoderara de mí, ahora ni oía ni veía. Antes del primer rayo vi un hueco en la roca a mi derecha, a tientas intente llegar. El pitido continuaba y se prolongaba con los continuos estallidos, cada vez más frecuentes. El polvo se metió en mis ojos haciendo que me escocieran y lagrimaran, convirtiéndome en un ciego y sordo en un lugar desconocido. Creo que me protegí en el hueco, llamaba a mis compañeros a gritos, hasta que me di cuenta de que no les oiría, y me calle esperando que mis ojos evacuaran todas las partículas que me impedía ver donde se encontraban. Pero los rayos seguían cayendo y yo seguí esperando. Palpaba arriba y los lados, si estaba a cubierto, pero no sabía si mis compañeros pudieron hacer lo mismo. Yo seguía palpando e intentaba abrir los ojos, pero los pocos ratos que podía solo veía oscuridad. Los estruendos fueron paulatinamente dejando paso a una brisa suave con un olor que me hizo sentir euforia, es curioso cómo se pueden juntar dos sentimientos tan dispares. Tierra mojada, a eso olía. Lo que vinimos a buscar, la esperanza del ser humano. El pitido se fue disipando y los ojos aclarando. Empecé de nuevo a llamar a gritos a mis compañeros, sin respuesta. Salí de mi escondite y les vi, tirados en el suelo, muertos. Carbonizados y mutilados, sin rastro de sangre, la potencia de los rayos hizo que no se derramara, se evaporó. Sentí pena por ellos y me sentí solo, desvalido. Volví por el mismo camino hacia el campamento al ascender un poco una gran columna de humo me indicaba mi destino y temí lo peor. Cuando llegue vi la lanzadera ardiendo, varios cuerpos, al igual que los otros, carbonizados y mutilados por las descargas. Busque con desesperación alguno de ellos, deje de hacerlo cuando conté hasta doce. Caí de rodillas ante el ultimo cuerpo y llore. Mis lágrimas se mezclaban con la lluvia que empezó a caer, y que me hizo reaccionar. Me levante y recogí lo que pude salvar de material y alimentos, ahora sí que estaba solo. No quedaba más remedio que asumirlo y sobrevivir. Si en ese momento hubiera cogido mi arma y disparado contra mi sien, o me hubiera lanzado por el acantilado a nadie le habría importado. Pero pensé en mis hijos y en mi mujer, y que no sabía realmente si aún existían y la esperanza me hizo intentar sobrevivir. Seguí al agua por su camino hacia el fondo del cañón, despacio, ya no había prisa para nada. El agua serpenteaba entre las rocas hasta entrar por una gran cueva. Saqué mi linterna y continué siguiendo el riachuelo. Era muy hermoso, realmente bonito, y no había con quien compartirlo. Al final de la cueva, el agua desaparecía en una cascada, me asomé y vi un hermoso lago rodeado de vegetación, y volví a llorar. Descendí como pude hasta la zona, y busque un lugar donde descansar. Me prepare un pequeño asiento con las hojas de algo parecido a los helechos, y me quede mirando al agua, la causa de venir aquí y su creación, la muerte de mis compañeros y posiblemente de todo lo que quedaba de nuestra raza. Conseguí adaptarme, y pasados unos meses, una mañana, escuche un zumbido. El sonido me era familiar y salí de la cueva veloz, con ilusión. Esa esperanza que no perdí, la que me hizo sobrevivir, se convirtió en mis deseos. Subí corriendo a la explanada superior. Sin duda era una nave nodriza de las nuestra, seguramente con más personas, y ya teníamos donde vivir. Lloraba mientras corría, pero ahora de alegría. Por fin lo vi, siguieron las últimas señales enviadas por la lanzadera, iban directos hacia mí. La nave se acercaba poco a poco claramente iban a aterrizar. Pensé que igual mi familia estaba allí, y me ilusione, pero como nunca antes, me sobrepasaba. Una gran nube se acercó a gran velocidad repartiendo rayos a diestro y siniestro. Uno de ellos alcanzo la nave, que cayó envuelta en llamas. Y yo me quede quieto, esperando mi alivio, mi rayo salvador.

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