domingo, 23 de noviembre de 2014

La primera alerta

(no es plagio, no copio nada, este relato esta hecho para un concurso de la sociedad Tolkien española. Disfrutad los amantes del señor de los anillos.) Ya estaba pasando la noche. Aquí no son solo oscuras y frías, también son tenebrosas y húmedas. No había pegado ojo apenas, imposible con los sonidos de las alimañas y los continuos temblores de tierra habituales en esta región. Llevamos ya dos días con sus noches buscándolos, más el día de trayecto hasta aquí. No estábamos preparados para tanto tiempo, se supone que los encontraríamos rápido. Es la primera vez que veníamos sin mi padre, él tuvo un accidente a caballo. Venia de la fiesta de mi tío, bebió demasiado y no pudo controlar al animal. Mira que mi madre le dice que a las fiestas se lleve el carro, más aun sabiendo lo que le gusta beber. El caso es que nos veíamos mi hermano y yo solos en las lindes de Mordor, y aún sin rastro de los hongos. Cuando vamos con mi padre no tardamos tanto, el conoce todos los recovecos, entiende y estudia el entorno, lo aprendió de mi abuelo. Yo como primogénito debería saberlo ya, y eso creía, pero veo que no es tan fácil. Algún detalle se me escapa. Era importante que los encontráramos, sin ellos mi madre no podría hacer su plato especial en la cantina. Los comerciantes enanos que bajan de las montañas venían siempre a comer por allí. Era el único sitio en toda la región donde los preparaban. Además solo ellos pueden comer estas setas, cualquier otra raza se vería afectada por fuertes dolores de tripa y un aliento fétido, y por tener sus manjares lejos de su tierra, pagaban muy bien. Durante milenios se han alimentado con ellas, crecen en las rocas donde más concentración de azufre hay. En Moria las cultivan, nosotros las recogemos silvestres. Mi abuelo ya intento hace tiempo comerciar en Moria por los hongos, fue un auténtico fracaso. Los enanos son muy suyos, y no venden tan fácil mente. Yo prefiero venir a Mordor, está a la mitad de distancia, y no hay que negociar con ellos ni gastar recursos. El problema es que no las encontrábamos. Hemos ido a todos los lugares que conozco y nada, ya no sé qué hacer, dos días enteros caminando sobre las rocas y durmiendo entre ellas. No podemos desistir, si no volvemos con nada mis padres se van a enfadar, sobretodo mi madre, que ya está contenta con el accidente de mi padre. Mi hermano empezaba a protestar, “no queda casi comida, y no puedo con la espalda.” Está claro que este no es terreno para los humanos. Caminamos durante otro medio día, pudimos encontrar una pequeña cantidad, y restos como si algo o alguien hubiéra pasado antes que nosotros recolectando. Ahora en vez de fijarnos entre las rocas buscando nuestro objetivo, seguíamos pistas, rastros, algo que nos indicara quien era el responsable y que había hecho con nuestras setas. Las rocas no dejaban ver señales de pisadas, y la casi oscuridad perpetua que provocaba el humo de Orodruin, no dejaba ver ninguna pista. Vi en mi hermano un gesto de pavor, me hizo una señal con la mano y salto corriendo a un hueco que formaban dos enormes rocas, rápido le seguí. "No lo has oído?, estoy seguro, alguien hablando". Nos quedamos en silencio. Una ráfaga de aire trajo un susurro. Era una voz estridente, en un dialecto antiguo. Nunca habíamos oído hablar ese idioma, y sentimos miedo. Sabíamos por nuestro ancestros de la Ultima Alianza y la gran guerra, y que tras la montaña, en Mordor, habitaban orcos, trolls y trasgos, y que no dudarían en asarnos y comernos si nos cogieran. "!Vámonos ya!", mi hermano estaba pálido, le temblaban las manos, tenía las pupilas dilatas y los ojos abiertos al máximo. Me asuste más. "No podemos volver sin los hongos, mama nos matará." A pesar del terror que me infundía encontrarme con alguna de esas criaturas, teníamos que cumplir con nuestra misión, he intente tranquilizar a mi hermano. "Solo quiero ver donde están, piensa que es muy extraño que estos bichos estén a este lado. Y si traman algo? Debemos informar, por Rohan." Bidil estaba más tranquilo, ya no era un niño, era un chico valiente y bastante más grande y fuerte que yo. Además manejaba el mandoble como nadie, y confiaba en mí. "Vale Mernar, pero nos olerán a distancia, son como animales". Empezaba a pensar que no sería tan terrible encontrárnoslos, y que contábamos a favor que ellos no sabían que estábamos allí. Veía que mi hermano acariciaba el mango de su arma, y que su gesto cambio. "Ellos están cogiendo hongos como nosotros, sabes que el olor de sus esporas, se pega a la ropa y la piel y dura días, huelen como nosotros. Solo tenemos que ser más listos. Además, si son trasgos y no son muchos les podremos incluso dar caza." Sabíamos por las romanzas y leyendas, que los trasgos eran una cuarta más bajos y también enclenques. Dos trasgos no hacían el peso de un hombre. Bidil cambio aún más su gesto, ahora tenía el de antes de entrar a un torneo. El nunca lucho a muerte, pero era un gran campeón, y pensar que fueran unos pequeños trasgos, le animaba a combatir. Salimos sigilosamente del agujero, ya con las armas desenfundadas, y empezamos a ascender a un saliente orientado hacia el origen de las voces. Nos asomamos entre las piedras, con cuidado. "Bien son trasgos", Bidil, al verlos, echo hacia atrás el mandoble, como para dar un gran golpe. Mi hermano pequeño, pero ya veía a un hombre y su actitud hizo que me sintiera más seguro. Vimos un paso hasta la situación de los trasgos desde la altura, bajamos del saliente y en silencio nos acercamos al llano que ocupaban. Lo bueno de esta zona es que hay muchos escondites. Era medio día, aunque la luz era mínima, lo sabía por los rayos de luz que a veces escapaban del humo. "Mernar mira, se están echando a dormir". debiéron estar mucho tiempo recogiendo hongos para tener dos sacos enteros. Nosotros con dos cestas estábamos servidos. "Llegamos justo a tiempo". Mi hermano tenía razón y lo sabía. Cogió el mandoble con su mano izquierda y lo echo sobre su hombro. Metió la mano derecha en su bolsillo y saco la navaja de cortar las setas. Se agacho y se quedó mirando fijamente a las bestias. El estómago se me encogió. De verdad íbamos a matar?. Soy el hermano mayor, no podía dejar que Bidil hiciera esto solo, pero estaba helado. Temblando solté la zamarra, puse mi espada con mi mano izquierda en el hombro, saque mi navaja y me agache. Pasado un rato solo se oían ronquidos y gemidos, por momentos no vimos ni un movimiento. Mi hermano me miro y asintió, señale con la cabeza y salimos del escondite. Estaban tumbados en círculo entorno a un fuego. Había un animal asándose, le faltaban partes y no sabría de qué se trataba, pero olía bien. Bidil por la izquierda y yo al otro lado fuimos avanzando muy despacio, esquivando las esquirlas de pizarra para no hacer ruido. Uno a uno, tres él y tres yo, les dimos muerte. Nos abrazamos como si hiciera años que no nos veíamos. Bidil los miraba alucinado. No usó su mandoble, pero fue fugaz y letal. Seguro que será un gran soldado de Rohan. Yo me senté un instante, me temblaban las piernas. Pero me sentía diferente, más fuerte y más valiente. "Sabía que si un día tenía que matar, seria con mi hermano". Bidil me miraba orgulloso y yo me sentí mejor. Cogió una pata del animal y se sentó a comer. Yo le seguí. No pasado mucho Tiempo tuvimos que parar. El olor era insoportable, a podrido. "No puede ser que sean ellos". Al olor lo acompaño un susurro, que fue aumentando hasta hacer temblar el suelo. Bidil y yo estuvimos todo el rato escuchando y mirándonos, dejamos en todo el tiempo de masticar. El sonido aún era lejano, así que no nos sentimos amenazado. Un grito marcial se oyó, y el temblor paro. Soltamos la comida, y corrimos rápido en dirección del sonido. Había una gran rampa de rocas que descendía hasta una explanada. "Mernar, esto es serio". Seis batallones de orcos y tres enormes trolls, en uno de los accesos a Nindalf. Estos pobres trasgos solo eran recolectores al servicio de este ejército. "Tenemos que comunicarlo lo antes posible." Corrí por mi zamarra mientras Bidil sacaba el animal de su empalamiento. Cogimos los sacos de setas y bajamos hasta la ladera, donde nos esperaban nuestras monturas. Emprendimos camino hacia nuestro pequeño poblado junto a los Saltos de Rauros. Nada más llegar contamos a nuestros padres lo ocurrido, mi madre orgullosa de sus valientes hijos y contenta por la cantidad de setas. Mi padre se puso sus mejores galas, cogió el carro y a mi tío, y emprendieron camino a Edoras. Mi hermano y yo fuimos los más famosos y aclamados, la gente nos admiraba y las chicas se interesaban. Fue un momento feliz, hasta el consejo del pueblo nos hizo honores por dar la alerta.