Un paseo

Un paseo, un simple paseo era todo lo quería hacer. Ver el bosque cercano, con sus grandes pinos y los enormes helechos que tupían el suelo. Mojaban mis botas con el rocío, ahí donde no da el sol. Acercarme hasta el rio y escuchar los cientos de sonidos en diferentes tonalidades, que regala el agua al golpear contra las rocas o contra sí misma. Tumbado mirando al cielo, al que me dejaban ver las copas de los árboles, escuchando, mirando, sintiendo el frío aire que golpeaba mis mejillas. Solo quería eso, estar solo junto a lo vivo inerte y lo muerto imparable. Junto a la paz del orden establecido, aquí donde no hay nadie que lo establezca. Gire mi cuerpo sobre mi lecho de roca, y sentí el musgo sobre mi cara y mis manos. Lo acaricié pensando que nunca nadie lo había hecho, y sentí su hermosa textura. Los líquenes también aportaban un matiz áspero, contrastando con la suavidad de la roca. Lo sentía todo, y me sentía libre. Con mi nueva posición veía el río, los peces apenas se distinguían entre los brillos deslumbrantes, nadaban sin parar y sin cambiar de lugar. Un cangrejo de color bermellón buscaba entre las rocas un lugar donde esconderse de nadie. Sentí de nuevo un escalofrío, otra corriente de aire fuerte y frío. Me levante y volví a coger el estrecho camino que sorteaba los pinos, esta vez en dirección a casa. Mi pequeño paseo tenía que terminar, y mis botas no podían repeler más agua. Un sapo cruzó por delante de mí como si no estuviera, iba caminando despacio. Era feo, grotesco, y pasaba sobre las rocas como un tanque, sin dar rodeos, como si no viera el hueco ni el resalto. Estuve tentado a cogerlo, pero no estaba allí para variar ni un ápice del ritmo pausado del bosque, y me quede mirándolo. Al final lo vi bello, perfectamente alineado con el paisaje y el ambiente húmedo y verde, con su marrón oscuro y su piel rugosa. Se perdió entre los helechos. Siempre vengo ilusionado, y me voy deseando que llegue mi paseo, mi pequeño paseo de naturaleza y tranquilidad. A veces hubiera dado por ser de aquí, no de la región, si no del bosque. Esta sensación de ser parte de esto. Soy un animal, y lo siento cuando vengo. Quiero pescar los peces, recoger bayas, despellejar al sapo y comerlos. Montarme un refugio con unas ramas, y hacer fuego con dos piedras. Usar los conocimientos, que si ahora no son importantes, han pasado de padre a hijo, de madre a hija o de historiador a libro. Es algo innato, como si los años de desarrollo y el acomodamiento del hombre con su tecnología no lo pudieran borrar. Siempre que mi vida de hombre normal en el siglo XXI me lo permite vuelvo, pero no termina de ser como quisiera. Si el instinto y el conocimiento no se han borrado, si la fuerza y la resistencia. No hay tenacidad ni sufrimiento, no me lo permito. Sigo dando paseos, ahora todo lo largos que puedo, pero siempre bien abrigado y prevenido, no sé dejarme llevar, no puedo ni me dejan. No me puedo arriesgar a perder mis posesiones ni mis objetivos. Doy, damos pena, cuando la tierra nos mira y nos ve tan débiles y frágiles. Da miedo pensar si la venerable señora nos hiciera volver al principio. Da miedo.

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