Amistades peligrosas

Mi relación con él fue evolucionando poco a poco. Al principio no me caía bien, con su color oscuro y gesto amargo. Se relacionaba solo con los mayores, y mi juventud y yo buscaba otro tipo de compañía. Luego con los cambios que trae la vida, fui viéndole más a menudo, pero nunca los dos solos. La gente me decía que no sería bueno para mí, y con mi poca capacidad de decisión y mi inocencia aún latente, hacía caso y le intentaba evitar. Pero los consejos hipócritas de la gente diciéndome que no es bueno, mientras ellos lo hacían, consiguió que quisiera conocerle mejor. Empecé a verle por las mañanas, compartíamos tiempo en el trabajo, en los descansos y a veces incluso mientras trabajaba. Jornada tras jornada nuestros encuentros eran cada vez más frecuentes, ahora también a media mañana, después de comer, y para la merienda y a veces a solas. Esa relación estaba cobrando cuerpo, como su cuerpo, que unas veces era fuerte y aguerrido y otras dulce y suave. Ese cuerpo caliente y áspero que me hacía sentir mejor cuando entraba en mí. Como pueden ver esta relación tocó su punto álgido, hasta no poder vivir sin él. La gente ya no me recordaba que no era bueno, yo ya lo sabía, y el tiempo nos dio la razón. Tuvimos que terminar con lo nuestro, y apenado con el recuerdo de los momentos vividos a su lado, me siento solo en la barra del bar. Busco un sustituto, alguno que me haga olvidar al menos un poco a mi querido amigo. Mi tensión ya no sube por nadie, mis nervios se han templado y mi nostalgia se ahoga en un insípido descafeinado de sobre, con leche desnatada. (Para Silvia del Real)

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