sábado, 13 de diciembre de 2014

Bolras Cap. 2º

Emprendimos nuestro camino con la rabia de vernos despreciados por nuestros vecinos, generaciones enteras que convivieron y mantuvieron la población en pie y viva. Exiliados, en silencio mujeres y hombres, pensando en lo que depararía el futuro, y los niños alborotando alrededor de los carros sin saber la importancia de aquel viaje. Tenía en mi cabeza como sería el poblado, y como lo defenderíamos, ya que seguro que nos buscarían para darnos nuestro merecido. Teníamos la zona bien memorizada, el claro junto al lago, la cascada con la cueva oculta perfecta para esconderse o esconder a mujeres, ancianos y niños. El lago estaba al oeste de la explanada, su nombre como el río al que surtía de su caudal, el gran río Goday. Al norte y noreste reinaba la cordillera que separaba los territorios del norte, donde se ubicaba la capital y residencia del Rey, y los del sur, hasta la costa. El mar abarcaba de noreste a suroeste justo hasta la desembocadura de Goday. El río era la frontera oeste, la hacía con los condados feudales de la familia del Rey. Este pequeño territorio ahora descrito, era en antaño zona de pequeñas tribus hermanadas que comerciaban del rio a la montaña y de esta al mar. La invasión por parte de la casta de reyes del norte fue fulminante, al no tener líder ni organización militar no hubo oposición y ahora mismo somos esclavos del Rey. Había un sentimiento independentista importante entre nosotros, solo aplacado por los vigilantes soldados que patrullaban la región y los inmigrantes traídos del norte, la mayoría de ellos burgueses, bien situados por el Rey para influir en las conciencias de la gente. Nosotros ya lo habíamos sufrido, por no pagar nuestros delitos y porque no creíamos en las leyes absolutistas y su ejecución parcial y subjetiva; Nos estábamos convirtiendo en la primera escisión aunque nos costara la vida. La explanada como dije antes, tenía a un lado el lago, al otro la montaña y el resto excepto unos senderos, era bosque. Aquel lugar lo conocíamos bien todos, incluso como para defendernos de los soldados que nos vinieran a buscar. No podíamos dejar de estar preocupados, puesto que los vendidos al reino nos delatarían, si no dijeran nada el incidente con los soldados se iría difuminando en el tiempo hasta desaparecer. Pero estábamos en un problema grave en cuanto sepan quienes somos. Nuestra ubicación es otra cosa, los espías del Rey no fueron de caza nunca con nosotros, evidentemente se trata de un delito, ¿Cómo confesárselo a un vasallo? Los pocos que podían saberlo o imaginarlo eran de confianza y descendientes de los antiguos pobladores, defensores de la idea de independizarnos del reino, ellos no lo harían. En la cordillera habían dos pasos estrechos difíciles de abordar por un ejército mediano, por ahí solo entraban pequeñas avanzadillas fáciles de detener por los que estábamos aquí, incluso por la mitad de nosotros. El problema era el sendero que bordeaba el bosque y el bosque en sí. Nos podrían emboscar fácilmente si situábamos nuestras tiendas demasiado cerca, tendríamos que ponerlas lo más al fondo del claro que pudiéramos, cerca de la cascada y de las cuevas. Además en esa zona los salientes nos proporcionaba buenos atalayas desde las que lanzar nuestras flechas, como buenos cazadores todos éramos diestros con el arco y los niños que desde pequeños por esta zona juegan a cazar con sus hondas a las ardillas y aves por la necesidad trabajar para la familia, y eso ahora nos sería de utilidad. En realidad ya habíamos hablado de vivir allí en nuestras noches de hoguera y piel de vino, sin mesa ni cubiertos, tras una jornada de caza. Nos imaginábamos junto al lago, los niños jugando en las pequeñas playas que se formaban entre las rocas, teniendo la naturaleza a nuestro alcance, con espacio suficiente para cultivar nuestras propias verduras y criar a nuestro ganado. Pero nunca lo hicimos por no tener que mover nuestras familiares y enseres por aquellos caminos, ya eran duros para nuestras monturas acostumbradas a la orografía. Era fácil imaginarse lo duro que sería para los carros y mulas de carga, y sobre todo para niños y ancianos, pero sin quererlo ya estábamos cumpliendo nuestro sueño y quedaba mucho por hacer. Durante el camino comentamos lo ocurrido una y otra vez aumentando nuestro sentimiento independentista, incluso planeando hablar con más paisanos para levantarnos en armas. En la conversación también hubo hueco para nuestro amigo Bolras y para rememorar momentos pasados con él. El viaje pasó lento pero el tiempo rápido y sin darnos cuenta ya estábamos casi allí. Una pendiente poco pronunciada en el sendero, el cual iba ensanchándose según se subía. Al llegar a lo alto ya se podía ver, el lago y la montaña se fundían al fondo y el verde imperante en la ladera, esta vez descendente hacia la posición que ya sabíamos que ocuparíamos. Bajamos de los caballos y nos pusimos a sujetar los carros que empujaban a las mulas por la fuerte pendiente del principio de la ladera. Al terminar la pendiente ya las mulas podían solas otra vez, atamos las monturas a los carros y mis cuatro amigos y yo nos desviamos un poco del camino, hasta un gran pino solitario en la explanada. En el nos protegimos de la lluvia decenas de veces y solíamos acampar resguardados del fuerte y frio viento de la montaña, detrás de su enorme tronco y de una no menos grande roca que parecía salir de sus raíces. Seguía habiendo restos de la última cacería, donde estuvimos Bolras, Jolu y yo hace apenas unos días. Nos sentamos en círculo alrededor da la hoguera apagada los cinco para decidir cómo nos organizaríamos: “ Desde ahora somos independientes y estamos en nuestras tierras ”, todos nos miramos y asentimos convencidos de que era así y que solo nos detendrían con la muerte. Hablamos de la organización del nuevo poblado, situación, tareas e incluso la jerarquía, y decidimos que los primeros meses no montaríamos nada fijo, por lo menos hasta que se calmaran un poco las aguas. Solo nos quedaba ponerle nombre, y fue de lo más discutido en nuestra improvisada reunión. Decíamos nombres de ilustres antepasados, de animales fieros o de ríos y montañas, pero solo nos pusimos de acuerdo cuando Korde se levantó y señaló un grabado sobre la corteza del pino. Era profundo y aun sangraba, “Mío”, eso se leía y debajo “Bolras”. Recordamos aquel día que entre risas y competiciones de fuerza nos jugamos la posesión de aquel árbol. Nos ganó a todos y lo hizo suyo firmando con su nombre. Decidimos lo inevitable, el poblado se llamaría Bolras.