Pena de nada

Hoy era su día, todos sus recuerdos eran rememorados uno a uno en tiempo e importancia, era el momento perfecto para hacerlo. Era joven y su memoria estaba intacta y sonreía, pues solo le traía instantes buenos, los alegres y placenteros. Recordaba cuando era niño y jugaba con su hermano y con su mascota, aquel perrito color crema, peludo, que le mordía el pantalón y los talones para llamar su atención, era una cría, como él. El ansia con la que esperaba a su padre cuando venía del trabajo, siempre traía alguna golosina o juguete para su hermano y su ilusión diaria. Las insistentes y tenaces atenciones de su madre, que cuando la pubertad estalló le dejaron de interesar, incluso le resultaban pesadas. Ahí le cambió un poco el gesto, que desagradecido fué, con todo el amor que ella les prestaba, y su desprecio juvenil. Pero siguió avanzando y vio a su novia, las tardes persiguiéndola por el instituto, buscando cualquier excusa para estar a su lado, y su primer beso, y la primera vez que hicieron el amor. Desde entonces no se separaron, y vino su hija, el amor más grande e incondicional que sintió nunca y que ya no sentiría. La causa de que estuviera allí y la razón de su locura, cuando supo de un abuso y cogió su arma. Ahora morirá él, con la conciencia tranquila y pensando que es lo que debía hacer. (Para Laura Cañadas)

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