domingo, 26 de abril de 2015

Bien llevado

*(Segundo texto solicitado por Inés con las palabras clave: homosexualidad, homofobia y estupor. Ala termine con tu pedido jajaj.) La noche era cálida y una leve brisa ayudaba a que fuera el momento para compartir una buena conversación y unos tragos en una terraza del centro. Dos parejas de amigos debatían en ese momento sobre la situación política y económica. A pesar de lo seria y cerebral que estaba resultando la conversación, no dejaban de dedicarse caricias y besos. Juan y Laura pidieron un cubalibre cada uno, Sergio y Ana cerveza. Un plato de aceitunas hacía de notario sin perder la compostura y la gente que entraba y salía de la cercana boca de metro, regalaba esa música de fondo que le encanta a los urbanitas. Una pareja empezó a discutir en el medio de la plaza a voz en grito y el estupor se hizo general por lo apasionado de la pelea. A los pocos segundos se besaron y abrazaron con igual pasión, y el estupor se tornó en aplausos y vítores. Esto detuvo la conversación y les provocó risas y comentarios, las dos parejas empezaron a imitarles, como si compitieran a ver cual de las dos se deseaban más. Según caían los tragos, las palabras y los sentidos de ellas empezaban a bailar de uno a otro tema desbocados. Una noche genial que tenía que terminar bien, así que cada oveja con su pareja se fueron a acostar. Todos vivían en la periferia de la ciudad. Los cuatro eran de familias acomodadas de costumbres regias. Por eso se veían allí, para evitar la homofobia, la represión y el aislamiento que sufrirían si alguien conocido les viera. Tendrían que cambiar de barrio seguro, y la reacción de sus familias realmente les asustaba. Juan y Sergio se fueron en un coche, Laura y Ana caminaron hasta un hostal cercano. Pasadas unas horas Juan y Ana se encontraron en la boca de metro para ir juntos a casa, ya que vivían en la misma urbanización. Cogieron el coche de Ana para regresar. Su homosexualidad les hacía esconderse y les hizo conocerse en aquella urbanización cerrada y protegida con la máxima seguridad, de la cual no salieron casi hasta la adolescencia, por que allí había de todo. Eso hizo que se apoyaran el uno al otro, siendo paño de lágrimas y confesores eternos. Sin esa amistad quizás no hubieran llegado tan lejos en sus condiciones, eran los mejores amigos del mundo. Siempre con la amenaza de la vergüenza y la cuantiosa herencia que sus rancios padres atesoraban. Si supieran la verdad les desheredarían a los dos y aunque ambos tenían buenos trabajos no era fácil renunciar a tal montante. De momento todo iba bien. De repente Juan despertó de su sueño de ebriedad: “¿Tienes dinero encima?.”No llevo nada, unas pocas monedas tal vez.” “Demos la vuelta a un cajero anda”. “A ver Juan ¿Para qué quieres dinero ahora?”. “Parece mentira Ana, yo estaré borracho pero tú no te enteras, mira que eres despistada.” Ana se quedó pensando un momento mientras daba la vuelta porque en el fondo presentía que tenía que hacerlo, “Es que no me acuerdo.” Juan sonrió: “No creo que nos fíe la cuidadora de los niños ¿Tu qué crees?”