martes, 5 de mayo de 2015

Sonrisas

*Dedicación especial para Azucena Hernán y su sonrisa permanente (Texto solicitado por Alberto con las palabras clave: Bondad, karma y sonrisa. Espero te guste, aunque hay mucha gente que piensa que lo que relato es ciencia ficción. Yo creo que es posible.) Quedó obsesionado por el Karma cuando terminó de leer aquel libro. Se convenció del todo dispuesto a repartir su sonrisa a todo el mundo. Hasta entonces su vida era más o menos igual que la de los demás, con un toque de mala leche y egoísmo, que ya le había causado más de un problema en el trabajo y en casa. Convencido del cambio y sabiendo que tendría que tener paciencia hasta obtener resultados, salió ese día de su casa. Era un domingo muy temprano y apenas había gente por la calle. Pasó por una cafetería y solicitó con una amplia sonrisa un café con una ración de churros. El camarero que cuando entró andaba distraído en sus tareas no pudo por más que devolvérsela mientras le servía. Incluso conversaron jocosamente y cuando se fue, la sonrisa del camarero le despidió. “ Pues parece que funciona ”. Pasó una hora entre la agradable conversación y el café y se dio cuenta que era la primera vez que le ocurría. Habló muchas veces con camareros en otras ocasiones, pero nunca en realidad prestó mucha atención a lo que le decían, la verdad que no lo hacía con nadie. Se dio cuenta de que también era orgulloso y arrogante antes de aquello. Lo que más le fascinó fue la información que sacó sobre la vida y sus vicisitudes de las anécdotas de aquel hombre. Sintió como le escuchaba y atendía cuando él le hablaba. Le entraron ganas de conocer más gente y hablar de cualquier cosa. La experiencia fue tan satisfactoria que la sonrisa se volvió perenne y saludaba a todo aquel que por su lado se cruzaba. Llegó al parque donde solía pasear a su perro y se sentó en un banco junto a aquel señor con su pequeño chucho de apenas un kilo que le ladraba siempre que le veía. Pero hoy se acercó y le olisqueó. Soltó una especie de estornudo y se fue a jugar con otros perros. El señor le miró y sonrió sorprendido de la reacción del animal. “ Buenos días tenga usted ”. Él ya traía la sonrisa puesta y solo tuvo que responder al saludo. Era la primera vez que lo hacían en los dos años que coincidieron por allí. “Veo que no viene con su perro”. “ No, hoy me estoy paseando yo mismo ” y soltó una carcajada. El señor respondió con otra y pasó otra hora compartiendo y debatiendo a partes iguales. Despidiendo y despedido con sonrisas y con la sensación otra vez de haber aprendido muchas cosas. Volviendo ya camino a casa siguió repartiendo saludos a diestro y siniestro, a veces correspondido y a veces no, pero ya no le importaba. Una respuesta a su saludo valía más que diez expresiones de sorpresa o desprecio. Entró en casa armado con su sonrisa e inundado de bondad. Levantó los castigos a sus hijos y se llevó a toda la familia a comer a un restaurante. Hablaron, debatieron y compartieron a partes iguales. Más sorprendido aún de haber aprendido de la conversación con las personas con las que convivía, se convenció más de que ese era el camino. Siguió durante el resto de su vida sabiendo convivir y enseñando a los demás a hacerlo con su forma de actuar. Acabó sin enemigos y su funeral fue numeroso y muy lamentado. Su lápida estuvo llena de flores hasta la época. Sus más lejanos descendientes saben perfectamente quien era. Se hizo leyenda porque se hizo diferente. Era diferente a los demás y aunque no fue mucha gente la que siguió sus pasos, todo el mundo era también diferente cuando estaban a su lado. Un libro le cambió la vida. Una actitud cambió a más gente. Y el karma acumulado le dio el recuerdo de generaciones enteras que no pueden resistir nombrarle cuando se habla de “buena gente”. Así su sepultura pasados los años sigue llena de flores frescas. Allí donde pone: “ Devuelve todas las sonrisas. Aprende a convivir ”. Siguió enseñando a vivir aún estando muerto.